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El
átomo volver
El
átomo es la unidad de materia más pequeña que retiene
su identidad como elemento químico. El nombre procede de la palabra
griega que significa «indivisible», y retenemos este nombre
pese a que ahora sabemos que el átomo está compuesto de
partículas aún más pequeñas.
La moderna teoría atómica data del filósofo natural
inglés John Dalton (1766-1844), que publicó en 1808 un
libro titulado Nuevo sistema de filosofía química. En
este libro, Dalton propuso algo muy parecido a nuestra moderna teoría.
Argumentó que para cada elemento químico hay un tipo diferente
de átomo, y que diferentes materiales (lo que hoy llamaríamos
compuestos químicos) son simplemente combinaciones diferentes
de esos átomos.
El primer modelo moderno del átomo fue propuesto por Niels Bohr,
un joven físico danés, en 1912. El modelo es hoy conocido
por los físicos como el átomo de Bohr. El rasgo central
del átomo de Bohr es que los electrones pueden hallarse en órbitas
a sólo ciertas distancias bien específicas del núcleo.
Las órbitas a esas distancias reciben el nombre de «órbitas
permitidas» u «órbitas de Bohr».
Se necesita energía para que los electrones se muevan de una
órbita más baja a una más alta, puesto que es preciso
efectuar un trabajo para superar la fuerza de atracción ejercida
sobre el electrón por el núcleo. Así, es preciso
añadir energía al átomo para mover el electrón
en esta dirección. Inversamente, si un electrón se mueve
de una órbita superior a otra más baja, hay un exceso
de energía de la que es preciso disponer.
La emisión de luz corresponde a una transición de una
órbita de Bohr más alta a otra más baja. Si por
alguna razón un electrón se halla en una órbita
más alta, puede saltar espontáneamente a otra más
baja. Cuando hace eso, la diferencia de energía entre las órbitas
inicial y final deja al átomo en la forma de un fotón.
Éste es el proceso mediante el cual un átomo emite luz
y otras formas de radiación electromagnética.
Cuando un átomo absorbe luz, los electrones se mueven de órbitas
de Bohr inferiores a otras superiores. La energia de un fotón
puede ser absorbida por el átomo y usada para mover el electrón
de una órbita inferior a otra superior.
La existencia de órbitas de Bohr explica que diferentes átomos
desprendan colores distintos de luz. Cuando un electrón se mueve
de una órbita a otra, debe absorber o emitir sólo una
cantidad específica de energía. Esto, a su vez, significa
que cualquier átomo es capaz de emitir y absorber sólo
esas mismas y discretas cantidades de energía. Puesto que la
energía de un fotón se halla relacionada con la longitud
de onda, y en consecuencia con el color, de su luz, cada átomo
puede emitir y absorber sólo ciertos colores. Por eso las luces
de neón son rojas y las lámparas de vapor de sodio amarillas.
Un átomo absorbe lo mismo que emite. La absorción de luz
por parte de un átomo corresponde al movimiento de un electrón
hacia arriba entre dos órbitas, mientras que la emisión
de esa longitud de onda de luz corresponde a mover un electrón
hacia abajo entre las dos mismas órbitas. Puesto que la diferencia
de energía entre las órbitas no depende de la dirección
del salto cuántico, de ello se deduce que si un átomo
puede emitir un cierto color, también ha de ser capaz de absorberlo.
Los colores emitidos por un átomo son una «huella dactilar
atómica», porque no hay dos elementos que tengan exactamente
las mismas órbitas de Bohr. Este hecho forma la base de la rama
de la ciencia conocida como espectroscopia.
El hecho de que cada átomo emita y absorba un conjunto distinto
de colores nos permite identificar la presencia de ese átomo
en pequeñas muestras de material. Se acompaña un esquema
del tipo de instrumento que puede usarse para analizar la luz de una
muestra. Los diferentes colores de luz emitidos por una muestra son
desplegados por un prisma para proporcionarnos la «huella dactilar»
de esa muestra en una placa fotográfica o (más normalmente)
en un detector electrónico. El instrumento recibe el nombre de
espectroscopio. Esta huella dactilar es distinta para cada átomo
y molécula.
La espectroscopia ayuda a los astrónomos. A principios del siglo
xix, Auguste Comte, el fundador de la moderna sociología, publicó
una lista de cosas que dijo que seria imposible llegar a realizar una.
Entre las primeras de esa lista estaba el análisis de la composición
química de las estrellas. De hecho, el desarrollo de la espectroscopia
en el siglo xix nos permitió hacer precisamente eso. Observando
la luz emitida por las estrellas, podemos detectar las huellas dactilares
atómicas de los átomos presentes, aunque la estrella se
halle a millones de años luz de distancia y nunca podamos poner
nuestras manos sobre un trozo de ella.
Los físicos modernos tienen una extraña imagen del átomo.
Puesto que se piensa en las partículas cuánticas como
el electrón en términos de funciones ondulatorias en vez
de partículas clásicas, piensan en los electrones como
en nubes imprecisas que rodean el núcleo antes que como cosas
análogas a planetas rodeando el Sol. Los lugares donde las nubes
son más densas son donde es más probable que se halle
el electrón.
La mayor parte de la masa del átomo, pero casi nada de su volumen,
reside en el núcleo. En un átomo típico, el núcleo
pesará unas cuatro mil veces tanto como los electrones. En consecuencia,
con una buena aproximación, podemos ignorar los electrones cuando
hablamos de la masa del átomo.
Por otra parte, el átomo es casi todo espacio vacío. Si
el núcleo de un átomo fuera una pelota de baloncesto en
el suelo delante nuestro, los electrones serían como unas cuantas
docenas de granos de arena esparcidos en torno a la región en
que vivimos. Para los expertos, señalemos que la dimensión
lineal del núcleo es típicamente 10-5 veces las dimensiones
lineales de todo el tomo. El núcleo fue descubierto en 1911 por
Ernest Rutherford en Manchester, Inglaterra. Él y sus colaboradores
tomaron una radiación conocida como partículas alfa y
permitieron que golpeara una delgada hoja de pan de oro. Aunque la mayor
parte de las partículas la cruzaron o fueron sólo ligeramente
desviadas, una partícula de cada mil fue rebotada hacia atrás
por los átomos del pan de oro. Rutherford comparó el experimento
al proceso de disparar una bala a una nube de vapor y descubrir que
ocasionalmente ésta rebotaba. La única conclusión
que puede extraerse en cualquier caso es que en algún lugar dentro
del átomo (o nube de vapor) había un pequeño cuerpo
denso capaz de desviar las partículas de movimiento rápido
y hacer que cambiaran de dirección. Rutherford llamó a
este cuerpo pequeño y denso, el núcleo.
Rutherford es uno de esos individuos poco usuales que hizo su más
importante contribución a la ciencia después de recibir
el premio Nobel. Consiguió el premio de Química en 1908
por elaborar la naturaleza de las partículas desprendidas por
los materiales radiactivos, luego descubrió el núcleo.
El núcleo está formado por protones y neutrones. Rutherford
llamó al núcleo de hidrógeno -una sola partícula
con carga eléctrica positiva- el protón («el primero»).
La carga positiva total del núcleo, pues, es la suma de las cargas
de los protones, y el número de electrones en órbita en
un átomo neutro es igual al número de protones en el núcleo.
El neutrón («el neutro») es casi tan masivo como
el protón pero, como sugiere el nombre, no tiene carga eléctrica.
Se añade a la masa, pero no a la carga, del núcleo.
La mayor parte de los núcleos estables tienen aproximadamente
un número igual de protones y neutrones. Cuando esta regla general
es rota, como ocurre con los elementos pesados, la tendencia para los
núcleos es tener más neutrones que protones.
La identidad química de un átomo depende del número
de protones en el núcleo. El número de protones en el
núcleo (el llamado número atómico, señalado
típicamente por la letra Z) determina la naturaleza química
del átomo, porque esta naturaleza química se halla determinada
por los electrones más exteriores en el átomo. Así,
si me dice usted el número de protones en un núcleo, yo
le diré de qué tipo de átomo me está hablando.
Por ejemplo, si hay seis protones, el átomo es de carbono; si
hay ocho, es de oxígeno, y así sucesivamente.
Los neutrones extra no cambian la naturaleza química de un átomo
porque no cambian el número de electrones necesario para cancelar
la carga del núcleo. En consecuencia, es posible tener muchas
especies diferentes de un tipo dado de átomo, cada una de las
cuales tendrá en su centro un núcleo con el mismo número
de protones, pero un número diferente de neutrones. Dos átomos
cuyos núcleos tienen el mismo número de protones pero
un número diferente de neutrones se dice que son isótopos
el uno del otro.
Con mucha aproximación, se pueden contemplar los electrones y
los núcleos como dos sistemas separados, cada uno dedicado a
sus propios asuntos e ignorando al otro. Esto quiere decir que significa
muy poca diferencia para el núcleo.si
el átomo es por sí mismo un espacio o si sus electrones
exteriores forman parte de enlaces químicos. El núcleo
hará lo que esté haciendo en ambas situaciones.
Quiere decir también que significa muy poca diferencia para los
electrones el que haya neutrones extras en el núcleo o no. Los
diferentes isótopos de un elemento dado se muestran igualmente
adeptos a hallar lugares en minerales y otros materiales, y todos los
isótopos de un elemento dado aparecerán en cualquier material
que incorpore ese elemento.
Radiactividad volver
Un núcleo es radiactivo si emite partículas espontáneamente.
Los núcleos familiares son estables: es decir, no cambiarán
espontáneamente de una forma a otra. Hay, sin embargo, núcleos
que no son estables. El uranio es probablemente el ejemplo más
familiar de tales núcleos. Esos núcleos emiten espontáneamente
partículas que llamamos «radiación». Un núcleo
que emite radiación se dice que es «radiactivo», y
el acto de emitir radiación recibe el nombre de «desintegración
radiactiva».
Marie Schlodowska Curie, una mujer polaca que pasó la mayor parte
de su vida profesional en Francia, desempeñó un importante
papel en los primeros estudios de la radiactividad. Hay muchas cosas notables
respecto a ella: es la única persona que ha ganado dos premios
Nobel en campos científicos, es la descubridora de los elementos
radio y polonio, y es una de las fundadoras del estudio de la radiactividad
y, en consecuencia, de la física nuclear.
Tan grande era la resistencia a la idea de una mujer científica
a finales del siglo xix, sin embargo, que pese a sus dos premios Nobel
¡nunca fue elegida para la Academia francesa de ciencias! Uno pensaría
que, después del primero, los chicos habrían captado el
mensaje.
Hay tres tipos de radiación. Los físicos de la época
no tenían la menor idea de lo que eran esas partículas radiactivas,
así que les dieron nombres para expresar su misteriosa naturaleza:
las llamaron respectivamente rayos alfa, beta y gamma.
Las partículas alfa están formadas por dos protones y dos
neutrones: en realidad son los núcleos del helio ordinario. La
radiación beta está formada por electrones. Debido a que
esta misteriosa radiación nueva fue descubierta sólo poco
después del electrón en sí, el hecho de que rayos
beta y electrones son idénticos no fue apreciado durante un cierto
número de años. La desintegración de un núcleo
que da como resultado la emisión de un electrón recibe el
nombre de «desintegración beta». La radiación
gamma es rayos X normales emitidos cuando protones y neutrones se recomponen
dentro del núcleo.
El helio que utilizan para inflar los globos de cumpleaños de nuestros
hijos (y que se usa líquido para mantener fríos los superconductores)no
se toma de la atmósfera de la Tierra. En vez de ello, procede de
la desintegración radiactiva de los núcleos en las propiedadades
de la Tierra. Esas desintegraciones producen partículas alfa que
se frenan, adquieren electrones, y forman helio, que luego resulta atrapado
junto con el petróleo y el gas natural. Cuando se explotan las
reservas de petróleo y gas natural, el helio es separado y vendido.
El neutrón sufre una desintegración beta. De hecho, si pudiéramos
observar un neutrón libre, lo veríamos «hacerse pedazos»
en unos ocho minutos. Los productos finales de la desintegración
son un protón, un neutrino y un electrón. Por razones técnicas,
un neutrón que se halla asentado a buen recaudo en un núcleo
puede permanecer estable y a salvo de la desintegración beta durante
tanto tiempo como permanezca allí. La energía implicada
en la radiactividad procede de la conversión de masa. Si medimos
las masas de los productos finales de una desintegración radiactiva,
hallaremos que tienen menos masa que el núcleo original. La diferencia
entre las masas de antes y después es convertida en energía
según la ecuación E = mc2 y es esta energía la que
vemos como la energía asociada con la radiación.
La desintegración radiactiva es la piedra filosofar definitiva,
la piedra que los alquimistas creían que podía convertir
el plomo en oro o, más generalmente, un elemento químico
en otro. Puesto que la desintegración alfa y beta cambia el número
de protones en un núcleo, también cambia la identidad química
del átomo del que ese núcleo forma parte.
Tras la desintegración alfa un núcleo podrá contener
dos electrones menos de los que tenía antes de la desintegración.
Los dos electrones «extra» terminarán alejándose,
dejando tras ellos un átomo que tiene dos electrones menos en órbita.
Este átomo, por supuesto, será identificado como un miembro
de una especie química distinta del átomo original.
Una forma de pensar en la desintegración beta de un núcleo
es imaginar que uno de los neutrones dentro del núcleo sufre una
desintegración beta, produciendo un núcleo que tiene un
protón más y un neutrón menos. Siempre hay electrones
libres vagabundeando por ahí en la Naturaleza, y uno de ellos es
atraído finalmente al átomo. El resultado final es que nace
un nuevo elemento químico, uno con un electrón más
en órbita de los que originalmente había allí. De
nuevo, un elemento químico nuevo ha remplazado al viejo.
Puesto que la desintegración gamma sólo implica una reorganización
de protones y neutrones, no cambia un elemento en otro.
El uranio 238 se desintegra a través de una emisión alfa.
El uranio tiene 92 protones en el núcleo, así que el núcleo
hijo de esta desintegración tendrá 90 protones y una masa
total de 234 (238 - 4). El producto, de hecho, será lo que los
químicos llaman torio 234 (234Th).
La desintegración de un núcleo aislado raras veces es toda
la historia en una desintegración radiactiva, puesto que la mayor
parte de las veces los núcleos hijos -el resultado de la desintegración-
son también radiactivos. Así, la desintegración original
da nacimiento a un hijo que se desintegra, y ese núcleo se desintegra
en otro, y así sucesivamente. Esta cadena de acontecimientos recibe
el nombre de desintegración en cadena. La cadena sigue adelante
hasta que se produce un núcleo estable.
Como consecuencia de la existencia de desintegraciones en cadena, una
muestra pura de un elemento dado se hallará pronto mezclada con
otros elementos. Por ejemplo, el U-238 se desintegra en torio. El torio
luego se desintegra mediante emisiones beta en un elemento llamado protactinio,
que a su vez se desintegra mediante emisión beta. Este proceso
de desintegraciones sucesivas sigue adelante hasta que se alcanza el núcleo
estable plomo 208.
Los norteamericanos son conscientes de los riesgos para la salud asociados
a la acumulación de radón en las casas. El radón
es uno de los elementos en la cadena de desintegraciones que conduce del
uranio al plomo. Así, siempre es producido por las desintegraciones
nucleares en el suelo. Una vez producido un átomo de radón,
su movimiento futuro es gobernado por su química que, en este caso,
dicta que no debe unirse a materiales de su alrededor sino que en vez
de ello debe filtrarse al suelo y a los sótanos de las casas.
Los núcleos radiactivos no se desintegran todos a la vez. Se desintegran
a lo que parecen ser intervalos al azar. Observar esos núcleos
desintegrarse es algo muy parecido a observar el proceso de elaboración
de palomitas de maíz, con los granos de maíz estallando
a diferentes intervalos.
El número que se utiliza normalmente para medir la velocidad a
la que se desintegran los núcleos radiactivos recibe el nombre
de vida media. Se define como el tiempo que necesitan la mitad de los
núcleos de un material dado para sufrir desintegración.
Así, si empezamos con mil átomos, la vida media será
el tiempo que tendremos que esperar para que nos queden solamente quinientos.
Las vidas medias de los isótopos nucleares pueden alinearse desde
miles de millones de años a microsegundos. Algunos ejemplos:
uranio
238 4.600 millones de años
carbono14 5.730 años
radón 222 3,8 días
uranio 239 23,5 minutos
carbono 10 19,4 segundos
Aún
es un misterio
No sabemos cómo predecir la vida media de los núcleos radiactivos.
Aunque las vidas medias de los núcleos radiactivos pueden ser (y
son) medidas con bastante exactitud, todavía no disponemos de la
potencia de cálculo necesaria para ser capaces de predecir cuál
será la vida media de la mayoría de los núcleos.
Este problema es simplemente demasiado complejo para ser manejado ni siquiera
por los más grandes ordenadores actualmente a nuestra disposición.
Los materiales radiactivos son «calientes» en dos sentidos
de la palabra. Los materiales radiactivos son «calientes»
en el sentido de desprender radiación, pero también son
«calientes» en el sentido normal térmico. Podemos ver
por qué preguntando qué le ocurre a algo como una partícula
alfa después de ser emitida en una descomposición radiactiva.
La partícula alfa se moverá en el material que la rodea
y saltará de un lado para otro, de una forma parecida a una bola
en una máquina del millón. Como resultado de esas colisiones,
la energía inicial de la partícula allá será
compartida con los átomos del material que la rodea, que como resultado
de ello se moverá más aprisa. Este movimiento acelerado,
por supuesto, es lo que percibimos como calor. Así, cualquier material
en el que se hallen presentes elementos radiactivos se verá calentado
por la presencia de esos elementos.
El calor generado por la radiactividad se cree que contribuye significativamente
a la operativo de la tectónica de placas. La generación
de calor por parte de materiales radiactivos es importante también
en el problema de disponer de los residuos radiactivos, porque esos residuos
deben ser almacenados en materiales que no se fundan en largos períodos
de tiempo.
Si tomamos un cubo de granito que podamos tener en nuestra mano e impedimos
que escape el calor generado por la desintegración radiactiva de
los núcleos que normalmente se hallan en la roca, al cabo de un
millón de años se habrá generado suficiente calor
como para fundir la roca por completo.
La radiactividad no es «innatural». Puesto que el conocimiento
humano de la radiactividad es reciente y puesto que el público
se ha vuelto realmente consciente de la radiactividad sólo desde
la Segunda Guerra Mundial, hay una tendencia a que mucha gente crea que
la radiación es algo nuevo en el entorno humano. De hecho, nuestra
raza vive y ha evolucionado en un entorno que está lleno de radiactividad.
El uranio, que sufre desintegración radiactiva, es un elemento
común en la corteza terrestre. Es más común que cosas
como la plata y el mercurio. La desintegración en cadena que inicia
llena la Tierra de núcleos radiactivos. Además, la Tierra
está siendo bombardeada constantemente por los rayos cósmicos.
Esas partículas, en su mayor parte protones, son generadas en el
Sol y otras estrellas y llueven constantemente sobre nuestra atmósfera.
Allí, en colisiones con las moléculas en el aire, producen
lluvias de partículas. En este mismo momento, las partículas
de esas lluvias pasan a través de nuestros cuerpos con una frecuencia
de unas tres por minuto, añadiéndose así a los niveles
de radiación de fondo.
Así, cuando lea usted algo acerca de que se ha descubierto radiactividad
en alguna parte, tiene que ser consciente de que la mayor parte de lugares
tienen ya materiales radiactivos en ellos, y la pregunta que debe formularse
no es «¿es radiactivo?», sino «¿es más
radiactivo de lo que sería normalmente?»
Toda la energía nuclear procede de la conversión de masa.
Cada vez que un núcleo cambia de estado, habrá un pequeño
cambio en su masa. Si, como es el caso para las descomposiciones, la suma
de las masas presente al final del cambio es menor de la que había
antes, esta diferencia será convertida en energía.
Hay dos tipos de procesos (además de la descomposición)
normalmente asociados con el término «energía nuclear».
Ésos son fisión y fusión.
La fisión es un proceso que divide un núcleo grande en dos
o más núcleos hijos más pequeños. La fisión
de algunos núcleos libera energía, y la fisión de
otros requiere un aporte de energía. La fisión productora
de energía más conocida es la del uranio 235, que, cuando
es golpeado por un neutrón que se mueve lentamente, se divide y
produce energía (en forma del movimiento de fragmentos de alta
velocidad) y unos cuantos neutrones más, cada uno de los cuales
puede seguir adelante y producir más fisiones. El resultado: una
liberación continuada de energía tan larga como dure la
provisión de uranio 235.
Hay buenas posibilidades de que la electricidad en nuestra casa sea generada
en un reactor nuclear. Así es como funciona un reactor: el uranio
235 se halla contenido en varillas de combustible de un diámetro
tan grande como un lápiz. Los neutrones producidos en las reacciones
de fisión abandonan la varilla de combustible que es su «casa»,
son frenadas por el agua o líquido que hay entre las varillas,
e inician una reacción a fisión en otra varilla. El efecto
de todas esas reacciones es calentar el agua, que es entonces bombeada
fuera del reactor en sí y usada para calentar más agua en
un sistema separado de tuberías. El vapor de este segundo sistema
mueve los generadores que producen la electricidad.
La fusión es el proceso por el que dos pequeños núcleos
se unen para formar un solo núcleo más grande. La reacción
a fusión más importante es la que produce helio a partir
del hidrógeno. Esto es lo que proporciona la energía al
Sol y otras estrellas. Es también esta reacción la que hemos
estado intentando controlar en laboratorio a fin de poder usarla como
fuente de energía eléctrica.
Históricamente, los intentos de controlar la fusión han
incluido el tratar de reproducir las condiciones en las que se produce
la fusión en el interior de las estrellas. Esto representa calentar
hidrógeno gaseoso a muy altas temperaturas y comprimirlo en campos
magnéticos hasta que se inicie la fusión. Este proceso recibe
el nombre de fusión «caliente». Todavía no se
ha tenido éxito en producir una reacción a fusión
controlada automantenida.
En 1989, algunos científicos proclamaron haber descubierto la posibilidad
de otra ruta de fusión, la denominada fusión «fría».
El fracaso de otros científicos en reproducir los resultados originales
ha conducido al abandono de esta ruta a la fusión.
Mecánica
cuántica volver
En el mundo del átomo y sus componentes, todo aparece en montones.
Quantum, de donde deriva "cuanto", es una palabra latina que
significa «mucho» o «montón». En el interior
de los átomos, todo -masa, carga eléctrica, momento y demás-
aparece en montones. Nada en este mundo es liso y continuo.
«Mecánica» es el antiguo término para la ciencia
del movimiento, así que «mecánica cuántica»
es la rama de la ciencia dedicada a describir el movimiento de las cosas
en el mundo subatómico.
El mayor problema que tiene la gente a la hora de ocuparse de la mecánica
cuántica procede de nuestra suposición inconsciente de que
las cosas se comportarán del mismo modo en el mundo cuántico
que como lo hacen el mundo normal de nuestra experiencia. Nuestra intuición
acerca de cómo deberían comportarse las cosas se basa en
nuestra experiencia con objetos grandes que se mueven a velocidades normales.
No hay ninguna razón para esperar que, cuando contemplamos objetos
muy pequeños u objetos que se mueven a velocidades muy altas, éstos
se comporten de la misma forma que lo hacen los objetos con los que estamos
familiarizados.
En el mundo cuántico no se puede observar nada sin afectarlo. En
la mecánica newtoniana, suponemos que podemos observar algo como
una bola de billar o la Tierra sin cambiarla. Eso se debe a que, cuando
miramos a una bola de billar, las ondas de luz que rebotan contra ella
y vuelven a nuestros ojos son tan infinitésimas que podemos estar
seguros de que no puedan afectar la bola de ninguna forma. En el mundo
cuántico, sin embargo, la única forma de observar un electrón
es haciéndole rebotar contra otro electrón (o algo equivalente).
En este proceso, el electrón observado resultará cambiado.
En palabras del presidente Mao, «si quieres probar una pera, debes
cambiar la pera, comiéndola».
El principio de incertidumbre de Heisenberg forma parte de la mecánica
cuántica. Fue el físico alemán Werner Heisenberg
quién primero se dio cuenta completamente de las aplicaciones de
la Naturaleza de la observación en la mecánica cuántica.
El principio que lleva su nombre afirma que debido a que un objeto cuántico
no puede ser observado sin cambiarlo, es imposible -incluso en principio-
medir ciertas cosas simultáneamente. Por ejemplo, no podemos saber
exactamente posición y velocidad en un momento determinado. Cuanto
más exactamente sepamos el valor de la posición, menos seguros
estaremos de lo rápido que se esté moviendo algo, y viceversa.
El principio de incertidumbre no dice que es imposible efectuar mediciones
exactas en el mundo cuántico. Simplemente dice que, si decidimos
medir con exactitud una cosa, debemos pagar por este conocimiento renunciando
a cualquier esperanza de obtener conocimiento sobre algo distinto. En
otras palabras, si deseo saber exactamente la posición de una partícula,
deberé efectuar una medición de tal modo que AX (la incertidumbre
en la posición) sea cero. A fin de que el principio de incertidumbre
sea cierto en este caso, AV (la incertidumbre en la velocidad) tendría
que ser infinito: la velocidad podría tener cualquier valor. Podemos
medir exactamente la posición, podemos medir exactamente la velocidad,
o podemos medir ambas cosas dentro de algún nivel de compromiso
en la precisión. Todo lo que dice el principio de incertidumbre
es que no podemos medir ambas cosas con exactitud al mismo tiempo.
Debido al principio de incertidumbre, los físicos describen los
sistemas de mecánica cuántica en términos de probabilidades.
Si no podemos decir si una partícula se está moviendo a
tres metros por segundo o a veinte metros por segundo, por ejemplo, no
seremos capaces de predecir con mucha exactitud dónde estará
dentro de diez segundos. En consecuencia, nos vemos obligados a describir
el comportamiento de la partícula en términos de un conjunto
de probabilidades. En este ejemplo, podemos decir que en diez segundos
la partícula tiene muchas probabilidades de estar a cuarenta y
cinco metros de distancia, pero hay una posibilidad de que haya viajado
sólo treinta, y otra posibilidad de que haya llegado hasta los
sesenta.
En mecánica cuántica, pues, todo se halla descrito en términos
de cosas llamadas funciones ondulatorias. Como el nombre indica, la función
ondulatoria es una descripción del electrón o fotón
u otra «partícula» como una onda. La altura de la «onda»
en un punto específico, sin embargo, se halla relacionada con la
probabilidad de hallar la partícula en ese punto. Así, si
tenemos una onda con una jiba en el centro que desciende en cola a ambos
lados, estamos diciendo que la partícula tiene muchas probabilidades
de hallarse en el centro y que tiene muy pocas probabilidades de hallarse
en cualquiera de los dos extremos.
Einstein fue crítico con la mecánica cuántica. La
mayoría de la gente es consciente de que Albert Einstein pasó
sus últimos años como un enemigo implacable de la mecánica
cuántica, pese a que él mismo fue uno de los grandes pioneros
en este campo. Se supone que resumió sus objeciones a los aspectos
probabilistas de la mecánica cuántica diciendo: «Dios
no juega a los dados con el Universo.» La historia cuenta que Niels
Bohr, un amigo de toda la vida y colega de Einstein, llegó a sentirse
tan exasperado por las repeticiones de esta cita que en una ocasión
le respondió: «¡Albert! ¡Deja de decirle a Dios
lo que tiene que hacer!»
A veces las partículas cuánticas actúan como ondas:
tomemos como ejemplo el electrón. Normalmente pensamos en él
como en algo parecido a una pelota de béisbol, una masa de materia
localizada en la que normalmente pensamos como una partícula. Hay
muchas situaciones experimentales en las que los electrones parecen viajar
de un lado para otro como pequeñas balas. En ciertas circunstancias,
sin embargo, el electrón puede exhibir interferencias, un comportamiento
que asociamos con ondas. Por ejemplo, si hacemos que los electrones golpeen
una pantalla con dos rendijas en ella, habrá bandas alternativas
de alta y baja intensidad al otro lado de la pantalla, del mismo modo
que habría bandas alternativas brillantes y oscuras si lo que golpeara
la pantalla fuera luz. En este tipo de experimento, el electrón
actúa como una onda.
Las ondas cuánticas actúan a veces como partículas.
Hay una amplia evidencia de que la luz es una onda. Por otra parte, en
el efecto fotoeléctrico, parece actuar como una partícula.
El efecto (explicado por primera vez por Albert Einstein en 1905) es éste:
cuando la luz incide sobre ciertos metales, libera electrones. Esos electrones
empiezan a salir del metal muy rápidamente, demasiado rápidos
como para medirlos con algo que no sean los más modernos instrumentos
electrónicos. La única forma de explicar esta rápida
emisión es decir que, al menos en este caso, la luz actúa
como una bola de billar que colisiona con el electrón y retrocede
instantáneamente, antes que actuar como una onda que retira gentilmente
el electrón de su átomo.
El fotón asociado con la luz visible ordinaria tiene como unos
noventa centímetros de largo.
La dualidad onda-partícula, ¿es o no un problema? En la
primera mitad del siglo xix, los físicos supusieron que todo tenía
que ser o una partícula o una onda. En consecuencia, el comportamiento
de las cosas en el mundo cuántico les presentaba un dilema. Parecía
que el que un electrón actuara como una onda o una partícula
dependía del tipo de experimento que se realizara. Llamaron a este
problema la «dualidad ondapartícula».
Personalmente, (dice el autor) no creo que la dualidad onda-partícula
sea un problema tan grande. La existencia de la «paradoja»
nos dice simplemente que hemos hecho una suposición incorrecta.
Aplicamos las categorías equivocadas a una nueva situación
debido a que, en el mundo cuántico, todo no es o una partícula
o una onda. Los electrones y los protones son lo que son: cosas que a
veces se nos aparecen como partículas y a veces como ondas, pero
que en realidad son un tercer tipo de cosa con la que nunca habíamos
tenido una experiencia directa.
Con la moderna y rápida electrónica, es posible establecer
una situación en la que una partícula es lanzada contra
un aparato y, mientras la partícula se halla en vuelo, decidir
si efectuamos el experimento en «forma partícula» o
en «forma onda» después de que ya es demasiado tarde
para la partícula cambiar de opinión. Cuando esos experimentos
terminan, obtenemos los resultados predichos por la mecánica cuántica:
comportamiento como onda en el experimento como onda y comportamiento
como partícula en el experimento como partícula. La teoría
es correcta, pero, ¿cómo podemos ¡maginar un electrón
si se comporta de esta forma?
La dualidad onda-partícula explica el átomo de Bohr. La
existencia de órbitas permitidas en el átomo de Bohr fue
un misterio cuando fue propuesto el modelo por primera vez. Ahora comprendemos
que son las únicas órbitas para las que las descripciones
del electrón como onda y partícula son consistentes. Una
órbita «no permitida» puede ser una en la que el electrón,
cuando es considerado como partícula, sea estable, pero en la que
el electrón «onda» no encaje un número parejo
de veces. A la inversa, puede ser una en la que la onda encaje, pero la
partícula se mueva demasiado rápido para permanecer en órbita.
Sólo cuando los dos puntos de vista son consistentes: cuando la
órbita de la partícula es estable y la onda encaja, conseguimos
una órbita permitida. Así, las órbitas de Bohr son
aquellas para las que no constituyen ninguna diferencia si el electrón
es una partícula o una onda.
Durante las últimas etapas de su carrera, Albert Einstein pensó
en un cierto número de paradojas mediante las cuales esperaba mostrar
a sus colegas que habían tomado el camino equivocado. Su último
arranque en este campo lo hizo en 1935, cuando, junto con dos colegas,
propuso algo que en la actualidad se conoce como la paradoja EPR (las
iniciales de los nombres de sus autores: Einstein, Poldosky y Rosen).
Esto es la paradoja EPR: si tenemos un núcleo que se desintegra
en dos partículas idénticas, esas partículas deben
aparecer inversa la una de la otra. Si las partículas giran, y
la que se mueve a la derecha lo hace según el sentido de las manecillas
del reloj, entonces la que se mueve a la izquierda tiene que girar en
sentido contrario de las manecillas del reloj. ¿Qué ocurrirá
si dejamos que cada una de las dos partículas hijas viaje una larga
distancia sin ser medidas y luego medimos sólo una de ellas, la
de la derecha por ejemplo? Si esta partícula gira en el sentido
de las manecillas del reloj, la de la izquierda tiene que estar girando
en sentido contrario y en consecuencia, argumentaba Einstein, ambas partículas
debían tener esos spins todo el tiempo, fueran medidas o no. Argumentaba
que esto demostraba que las partículas cuánticas tenían
«realmente» propiedades definidas todo el tiempo, y que el
principio de incertidumbre era tan sólo el resultado de nuestra
incapacidad de medirlas. Y, por supuesto, si esto es cierto, entonces
la auténtica teoría que describe el mundo cuántico
no tendrá necesidad de explicaciones probabilísticas.
El teorema de Bell hace de las argumentaciones sobre la realidad de la
mecánica cuántica una cuestión experimental. En 1962,
el físico escocés John Bell señaló que, examinando
las cantidades que podían ser medidas (como la relación
entre la dirección en la que se mueve la partícula y la
dirección de su spin), se podía comprobar la idea básica
detrás de la paradoja de EPR en el laboratorio. Hizo esto demostrando
que había ciertas relaciones entre esas cantidades que se mantenían
si la partícula tenía realmente un spin definido entre el
momento en que era emitida y el momento en que era medida, pero que se
mantendría un conjunto distinto de relaciones si la partícula
tenía que ser descrita por una función ondulatorio durante
este período de tránsito (es decir, si, como dictaba la
mecánica cuántica, no tiene un spin definido cuando no está
siendo medida).
A mediados de los años setenta un cierto número de distintos
laboratorios en todo el mundo, muy notablemente el de Alain Aspect en
París, realizaron los tipos de experimentos sugeridos por Bell.
Hallaron que las predicciones de la mecánica cuántica, con
sus electrones y fotones probabilistas, tenían razón: un
electrón no tiene realmente un spin definido hasta que es medido.
Así, parece que la Naturaleza ha decidido simplemente hacer el
mundo cuántico distinto del mundo al que estamos acostumbrados.
Puede que no nos guste, pero así es como son las cosas.
En realidad, lo más sorprendente para mí respecto a los
experimentos en mecánica cuántica no es el resultado, sino
el hecho de que fueran efectuados. Es casi como si la vieja discusión
para estudiantes de segundo grado -acerca de si un millón de monos
con máquinas de escribir podrían producir Hamlet- fuera
resuelta por alguien que reuniera realmente un millón de monos
y los pusiera a trabajar.
Si desea usted jugar a juegos cuánticos, deberá jugar según
las reglas cuánticas. Una cosa distinta es aceptar la idea de que
la mecánica cuántica es probabilística a un nivel
intelectual. La razón de que podamos hacer esto es porque en lo
más profundo de nuestros corazones creemos que el electrón
es realmente como una pelota de béisbol, aunque la física
desee mostrarse exigente al respecto. El teorema de Bell y su resultado
experimental nos fuerzan a aceptar el hecho de que el mundo cuántico
es fundamental e irremediablemente distinto del mundo con el que estamos
familiarizados. Tenemos que enfrentarnos a las cosas a nivel cuántico
a través de nuestras ecuaciones matemáticas, aunque nunca
podamos llegar a verlas o fotografiarlas. Eso no quiere decir que no resulte
duro para la gente -incluso para los físicos endurecidos- hacerlo.
Caos volver
Un sistema caótico es uno en el que el resultado final depende
muy sensiblemente de las condiciones iniciales. El agua de un arroyo tumultuoso
es un buen ejemplo de un sistema caótico. Si introducimos un trozo
de madera en una posición, aparecerá en un punto en particular
al otro lado de los rápidos. Si introducimos un segundo trozo de
madera en una posición casi (pero no completamente) idéntica
a la del primero, el segundo trozo aparecerá -en general- fuera
de los rápidos muy alejado de donde lo hizo el primero. El resultado
final (la posición de los trozos de madera) depende así
sensiblemente de las condiciones iniciales (el lugar donde empezaron su
viaje).
Para todas las finalidades prácticas, el comportamiento de los
sistemas caóticos no puede predecirse. Es imposiblemedir las condiciones
iniciales de un sistema con una perfecta exactitud. La posición
de un trozo de madera al inicio de su viaje, por ejemplo, sólo
puede determinarse tan exactamente como pueda medir el mejor sistema de
medida disponible. Puesto que la posición final del trozo de madera
será muy diferente si el trozo es movido al principio un tramo
más pequeño que incluso este pequeño margen de error,
de ello se deduce que no hay forma de predecir dónde terminará
el trozo de madera.
Físicos y escritores expresan a menudo este punto diciendo que
los sistemas caóticos son «impredecibles». No quieren
decir que si sabemos exactamente el estado de un sistema no podamos predecir
dónde estará en un momento determinado en el futuro: ese
tipo de predicciones se hacen constantemente con modelos por ordenador.
Lo que quieren decir es que, puesto que nunca es posible hacer un perfecto
conjunto de medidas para determinar el estado inicial de un sistema caótico,
sus estados futuros nunca pueden ser predichos.
El primer descubrimiento de un sistema caótico fue realizado por
Edward Lorenz, un meteorólogo del MIT, que se vio obligado a interrumpir
un largo cálculo por ordenador sobre patrones meteorológicos.
En vez de empezar de nuevo el cálculo desde el principio, almacenó
algunos resultados intermedios del cálculo original del ordenador,
luego los cargó de nuevo para que el ordenador siguiera trabajando
a partir de donde se había parado. Para su sorpresa, el resultado
que obtuvo de esta forma fue muy diferente del resultado que había
obtenido previamente realizando los cálculos de una sola vez.
Descubrió que la diferencia entre los dos juegos de cálculos
era debida a que el ordenador redondeaba los números de una forma
ligeramente distinta cuando los almacenaba que cuando seguía usándolos
en los cálculos. El error de redondeo en el ordenador producía
una diferencia en la octava cifra decimal en los números relevantes.
Éste fue nuestro primer indicio de que los sistemas importantes
en la Naturaleza, como los atmosféricos, pueden ser extremadamente
sensibles a los pequeños cambios.
Los ordenadores son la herramienta primaria para estudiar el caos, y buena
parte de nuestra comprensión de los sistemas caóticos procede
de emplear modelos de ordenador que rastrean esos sistemas a través
del tiempo. Un problema típico de investigación sería
algo como esto: una ecuación que describe un sistema es escrita
y resuelta en el ordenador. El punto de partida del cálculo es
luego ligeramente cambiado y el cálculo repetido. Si las predicciones
en las dos soluciones son muy diferentes, el sistema es caótico
y en consecuencia se efectúan investigaciones más detalladas.
Los sistemas caóticos son no lineales. El caos es diferente del
tipo de física al que estamos acostumbrados porque las ecuaciones
que describen los sistemas caóticos son no lineales. En una ecuación
lineal -el tipo que describe la física familiar- una cosa cambia
en proporción directa a otra. Por ejemplo, cuando subimos el volumen
de nuestro equipo de alta fidelidad, un giro doble significa un volumen
doble. En un sistema no lineal no se mantiene este tipo simple de relación.
Es similar a lo que conseguimos en nuestro equipo de alta fidelidad cuando
subimos demasiado el volumen y de pronto obtenemos silbidos, distorsiones
y todo tipo de cosas extrañas. Por razones técnicas, la
solución de las ecuaciones no lineales es un asunto muy difícil,
en general imposible de conseguir sin ordenadores.
Los fractales comprenden otro fenómeno que surge en los sistemas
no lineales. La palabra «fractal» es una contracción
de «fractional dimension», dimensión fraccional. Consideremos
el simple ejemplo de una manguera de jardín enrollada. Desde muy
lejos tiene dimensión cero, es sólo un punto. Desde más
cerca parece un objeto sólido, y en consecuencia tiene tres dimensiones.
Finalmente, desde dentro del rollo, la manguera se vuelve unidimensional,
puesto que no podemos especificar ninguna localización en ella
diciendo cuán lejos está del final. Así pues, según
nuestro punto de vista, la dimensionalidad de la manguera va de cero a
tres a una dimensiones. Los fractales son una forma de ocuparse de lo
que ocurre entre medio.
Los fractales pueden surgir en sistemas no lineales. Un ejemplo de un
fractal puede ser el siguiente. Empecemos con un triángulo y luego,
en medio de cada lado del triángulo, tracemos otro triángulo.
Sigamos haciendo esto con cada línea recta para siempre. Es evidente
que si miramos cualquier fragmento de este sistema a cualquier nivel de
magnitud, veremos lo mismo: una línea recta con triángulos
en ella. Es evidente también que hay una conexión entre
la apariencia de las cosas a distintas escalas de aumento. De hecho, si
pensamos en ello, nos daremos cuenta de que no podemos decir, simplemente
mirando una línea, cuál es realmente el aumento.
Una
opinión del Autor (James Trefill)
El caos ha sido excesivamente supervendido. Gracias principalmente al
excelente libro de James Gleick "Caos", el público ha
sido consciente del caos y de su importancia en la Ciencia. Desgraciadamente,
creo que todo el campo ha sido excesivamente supervendido. Algunas personas
tienen la impresión de que es una revolución importante
en nuestro pensamiento y cambiará por completo la forma en que
tratamos del mundo físico. Sin embargo, nada puede estar más
alejado de la verdad. El caos tiene muchas probabilidades de proporcionar
una nueva visión sobre problemas tales como la turbulencia y el
crecimiento de los sistemas vivos. Pero es poco probable que tenga mucho
que decir acerca de la enorme mayoría de fenómenos físicos,
por la simple razón de que esos fenómenos, ya bien estudiados,
se sabe que son agradablemente lineales y predecibles.
Elementos volver
La Tabla Periódica
Primeras teorías
Los primeros filósofos griegos, cuyo método de planteamiento
de la mayor parte de los problemas era teórico y especulativo,
llegaron a la conclusión de que la Tierra estaba formada por unos
cuantos «elementos» o sustancias básicas. Empédocles
de Agrigento, alrededor del 430 a. del J.C., estableció que tales
elementos eran cuatro: tierra, aire, agua y fuego. Un siglo más
tarde, Aristóteles supuso que el cielo constituía un quinto
elemento: el «éter». Los sucesores de los griegos en
el estudio de la materia, los alquimistas medievales, aunque sumergidos
en la magia y la charlatanería, llegaron a conclusiones más
razonables y verosímiles que las de aquéllos, ya que por
lo menos manejaron los materiales sobre los que especulaban.
Tratando de explicar las diversas propiedades de las sustancias, los alquimistas
atribuyeron dichas propiedades a determinados elementos, que añadieron
a la lista. Identificaron el mercurio como el elemento que confería
propiedades metálicas a las sustancias, y el azufre, como el que
impartía la propiedad de la combustibilidad. Uno de los últimos
y mejores alquimistas, el físico suizo del siglo xvi Theophrastus
Bombast von Hohenheim -más conocido como Paracelso-, añadió
la sal como el elemento que confería a los cuerpos su resistencia
al calor.
Según aquellos alquimistas, una sustancia puede transformarse en
otra simplemente añadiendo y sustrayendo elementos en las proporciones
adecuadas. Un metal como el plomo, por ejemplo, podía transformarse
en oro añadiéndole una cantidad exacta de mercurio. Durante
siglos prosiguió la búsqueda de la técnica adecuada
para convertir en oro un «metal base». En este proceso, los
alquimistas descubrieron sustancias mucho más importantes que el
oro, tales como los ácidos minerales y el fósforo.
Los ácidos minerales -nítrico, clorhídrico y, especialmente,
sulfúrico- introdujeron una verdadera revolución en los
experimentos de la alquimia. Estas sustancias eran ácidos mucho
más fuertes que el más fuerte conocido hasta entonces (el
ácido acético, o sea, el del vinagre), y con ellos podían
descomponerse las sustancias, sin necesidad de emplear altas temperaturas
ni recurrir a largos periodos de espera. Aún en la actualidad,
los ácidos minerales, especialmente el sulfúrico, son muy
importantes en la industria. Se dice incluso que el grado de industrialización
de un país puede ser juzgado por su consumo anual de ácido
sulfúrico.
De todas formas, pocos alquimistas se dejaron tentar por estos importantes
éxitos secundarios, para desviarse de lo que ellos consideraban
su búsqueda principal. Sin embargo, miembros poco escrupulosos
de la profesión llegaron abiertamente a la estafa, simulando, mediante
juegos de prestidigitación, producir oro, al objeto de conseguir
lo que hoy llama amos «becas para la investigación»
por parte de ricos mecenas. Este arte consiguió así tan
mala reputación, que hasta la palabra «alquimista»
tuvo que ser abandonada. En el siglo xvii, «alquimista» se
había convertido en «químico», y «alquimia»
había pasado a ser la ciencia llamada «Química».
En el brillante nacimiento de esta ciencia, uno de los primeros genios
fue Robert Boyle, quien formuló la ley de los gases que hoy lleva
su nombre. En su obra "químico escéptico" (The
Sceptical Chymist), publicada en 1661, Boyle fue el primero en establecer
el criterio moderno por el que se define un elemento: una sustancia básica
que puede combinarse con otros elementos para formar «compuestos»
y que, por el contrario, no puede descomponerse en una sustancia más
simple, una vez aislada de un compuesto.
Sin embargo, Boyle conservaba aún cierta perspectiva medieval acerca
de la naturaleza de los elementos. Por ejemplo, creía que el oro
no era un elemento y que podía formarse de algún modo a
partir de otros metales. Las mismas ideas compartía su contemporáneo
Isaac Newton, quien dedicó gran parte de su vida a la alquimia.
(En realidad, el emperador Francisco José de Austria-Hungria financió
experimentos para la fabricación de oro hasta fecha tan reciente
como 1867.)
Un siglo después de Boyle, los trabajos prácticos realizados
por los químicos empezaron a poner de manifiesto qué sustancias
podrían descomponerse en otras más simples y cuáles
no podían ser descompuestas. Henry Cavendish demostró que
el hidrógeno se combinaba con el oxígeno para formar agua,
de modo que ésta no podía ser un elemento. Más tarde,
Lavoisier descompuso el aire -que se suponía entonces un elemento-
en oxígeno y nitrógeno. Se hizo evidente que ninguno de
los «elementos» de los griegos eran tales según el
criterio de Boyle.
En cuanto a los elementos de los alquimistas, el mercurio y el azufre
resultaron serlo en el sentido de Boyle. Y también lo eran el hierro,
el estaño, el plomo, el cobre, la plata, el oro y otros no metálicos,
como el fósforo, el carbono y el arsénico. El «elemento»
de Paracelso (la sal) fue descompuesto en dos sustancias más simples.
Desde luego, el que un elemento fuera definido como tal dependía
del desarrollo alcanzado por la Química en la época. Mientras
una sustancia no pudiera descomponerse con ayuda de las técnicas
químicas disponibles, debía seguir siendo considerada como
un elemento. Por ejemplo, la lista de 33 elementos formulada por Lavoisier
incluía, entre otros, los óxidos de cal y magnesio. Pero
catorce años después de la muerte de Lavoisier en la guillotina,
durante la Revolución francesa, el químico inglés
Humphry Davy, empleando una corriente eléctrica para escindir las
sustancias, descompuso la cal en oxígeno y en un nuevo elemento,
que denominó «calcio»; luego escindió el óxido
de magnesio en oxígeno y otro nuevo elemento, al que dio el nombre
de «magnesio».
Por otra parte, Davy demostró que el gas verde obtenido por el
químico sueco Carl Wilhelm Scheele a partir del ácido clorhídrico
no era un compuesto de ácido clorhídrico y oxígeno,
como se había supuesto, sino un verdadero elemento, al que denominó
«cloro» (del griego clorós, verde amarillento).
Teoría
atómica volver
A principios del siglo xix, el químico inglés John Dalton
contempló los elementos desde un punto de vista totalmente nuevo.
Por extraño que parezca, esta perspectiva se remonta, en cierto
modo, a la época de los griegos, quienes, después de todo,
contribuyeron con lo que tal vez sea el concepto simple más importante
para la comprensión de la materia.
Los griegos se planteaban la cuestión de si la materia era continua
o discontinua, es decir, si podía ser dividida y subdividida indefinidamente
en un polvo cada vez más fino, o si, al término de este
proceso se llegaría a un punto en el que las partículas
fuesen indivisibles. Leucipo de Mileto y su discípulo Demócrito
de Abdera insistían en el año 450 a. de J.C.- en que la
segunda hipótesis era la verdadera. Demócrito dio a estas
partículas un nombre: las llamó «átomos»
(o sea, «no divisibles»),. Llegó incluso a sugerir
que algunas sustancias estaban compuestas por diversos átomos o
combinaciones de átomos, y que una sustancia podría convertirse
en otra al ordenar dichos átomos de forma distinta. Si tenemos
en cuenta que esto es sólo una sutil hipótesis, no podemos
por menos que sorprendernos ante la exactitud de su intuición.
Pese a que la idea pueda parecer hoy evidente, estaba muy lejos de serlo
en la época en que Platón y Aristóteles la rechazaron.
Sin embargo, sobrevivió en las enseñanzas de Epicuro de
Samos -quien escribió sus obras hacia el año 300 a. de J.C.-
y en la escuela filosófica creada por él: el epicureísmo.
Un importante epicúreo fue el filósofo romano Lucrecio,
quien, sobre el año 60 a. de J.C., plasmó sus ideas acerca
del átomo en un largo poema titulado Sobre la naturaleza de las
cosas. Este poema sobrevivió a través de la Edad Media y
fue uno de los primeros trabajos que se imprimieron cuando lo hizo posible
el arte de Gutenberg.
La noción de los átomos nunca fue descartada por completo
de las escuelas occidentales. Entre los atomistas más destacados
en los inicios de la Ciencia moderna figuran el filósofo italiano
Giordano Bruno y el filósofo francés Pierre Gassendi. Muchos
puntos de vista científicos de Bruno no eran ortodoxos, tales como
la creencia en un Universo infinito sembrado de estrellas, que serían
soles lejanos, alrededor de los cuales evolucionaran planetas, y expresó
temerariamente sus teorías. Fue quemado, por hereje, en 1600, lo
cual hizo de él un mártir de la Ciencia en la época
de la revolución científica. Los rusos han dado su nombre
a un cráter de la cara oculta de la Luna.
Las teorías de Gassendi impresionaron a Boyle, cuyos experimentos,
reveladores de que los gases podían ser fácilmente comprimidos
y expandidos, parecían demostrar que estos gases debían
de estar compuestos por partículas muy espaciadas entre sí.
Por otra parte, tanto Boylé como Newton figuraron entre los atomistas
más convencidos del siglo XVII.
En 1799, el químico francés Joseph Louis Proust mostró
que el carbonato de cobre contenía unas proporciones definidas
de peso de cobre, carbono y oxígeno y que podía prepararse.
Las proporciones seguían el índice de unos pequeños
números enteros: 5 a 4 y a l. Demostró que existía
una situación similar para cierto número de otros compuestos.
Esta situación podía explicarse dando por supuesto que los
compuestos estaban fortnados por la unión de pequeños números
de fragmentos de cada elemento y que sólo podían combinarse
como objetos intactos. El químico inglés John Dalton señaló
todo esto en 1803, y, en 1808, publicó un libro en el que se reunía
la nueva información química conseguida durante el siglo
y medio anterior, y que sólo tenía sentido si se suponía
que la materia estaba compuesta de átomos indivisibles. (Dalton
mantuvo la antigua voz griega como tributo a los pensadores de la Antigüedad.)
No pasó mucho tiempo antes de que esta teoría atómica
persuadiera a la mayoría de los químicos. Según Dalton,
cada elemento posee una clase particular de átomo, y cualquier
cantidad de elemento está compuesta de átomos idénticos
de esa clase. Lo que distingue a un elemento de otro es la naturaleza
de sus átomos. Y la diferencia física básica entre
los átomos radica en su peso. Así, los átomos de
azufre son más pesados que combinaciones de átomos, y que
una sustancia podría convertirse en otra al ordenar dichos átomos
de forma distinta. Si tenemos en cuenta que esto es sólo una sutil
hipótesis, no podemos por menos que sorprendernos ante la exactitud
de su intuición. Pese a que la idea pueda parecer hoy evidente,
estaba muy lejos de serlo en la época en que Platón y Aristóteles
la rechazaron.
Sin embargo, sobrevivió en las enseñanzas de Epicuro de
Samos -quien escribió sus obras hacia el año 300 a. de J.C.-
y en la escuela filosófica creada por él: el epicureísmo.
Un importante epicúreo fue el filósofo romano Lucrecio,
quien, sobre el año 60 a. de J.C., plasmó sus ideas acerca
del átomo en un largo poema titulado Sobre la naturaleza de las
cosas. Este poema sobrevivió a través de la Edad Media y
fue uno de los primeros trabajos que se imprimieron cuando lo hizo posible
el arte de Gutenberg.
La noción de los átomos nunca fue descartada por completo
de las escuelas occidentales. Entre los atomistas más destacados
en los inicios de la Ciencia moderna figuran el filósofo italiano
Giordano Bruno y el filósofo francés Pierre Gassendi. Muchos
puntos de vista científicos de Bruno no eran ortodoxos, tales como
la creencia en un Universo infinito sembrado de estrellas, que serían
soles lejanos, alrededor de los cuales evolucionaran planetas, y expresó
temerariamente sus teorías. Fue quemado, por hereje, en 1600, lo
cual hizo de él un mártir de la Ciencia en la época
de la revolución científica. Los rusos han dado su nombre
a un cráter de la cara oculta de la Luna.
Las teorías de Gassendi impresionaron a Boyle, cuyos experimentos,
reveladores de que los gases podían ser fácilmente comprimidos
y expandidos, parecían demostrar que estos gases debían
de estar compuestos por partículas muy espaciadas entre sí.
Por otra parte, tanto Boylé como Newton figuraron entre los atomistas
más convencidos del siglo XVII.
En 1799, el químico francés Joseph Louis Proust mostró
que el carbonato de cobre contenía unas proporciones definidas
de peso de cobre, carbono y oxígeno y que podía prepararse.
Las proporciones seguían el índice de unos pequeños
números enteros: 5 a 4 y a l. Demostró que existía
una situación similar para cierto número de otros compuestos.
Esta situación podía explicarse dando por supuesto que los
compuestos estaban fortnados por la unión de pequeños números
de fragmentos de cada elemento y que sólo podían combinarse
como objetos intactos. El químico inglés John Dalton señaló
todo esto en 1803, y, en 1808, publicó un libro en el que se reunía
la nueva información química conseguida durante el siglo
y medio anterior, y que sólo tenía sentido si se suponía
que la materia estaba compuesta de átomos indivisibles. (Dalton
mantuvo la antigua voz griega como tributo a los pensadores de la Antigüedad.)
No pasó mucho tiempo antes de que esta teoría atómica
persuadiera a la mayoría de los químicos. Según Dalton,
cada elemento posee una clase particular de átomo, y cualquier
cantidad de elemento está compuesta de átomos idénticos
de esa clase. Lo que distingue a un elemento de otro es la naturaleza
de sus átomos. Y la diferencia física básica entre
los átomos radica en su peso. Así, los átomos de
azufre son más pesados que los de oxígeno, que, a su vez,
son más pesados que los átomos de nitrógeno; éstos,
a su vez también, son más pesados que los de carbono, y
los mismos, más pesados que los de hidrógeno.
El químico italiano Amadeo Avogadro aplicó a los gases la
teoria atómica y demostró que volúmenes iguales de
un gas, fuese cual fuese su naturaleza, estaban fonnados por el mismo
número de partículas. Es la llamada «hipótesis
de Avogadro». Al principio se creyó que estas partículas
eran átomos; pero luego se demostró que estaban compuestas,
en la mayor parte de los casos, Por pequeños grupos de átomos,
llamados «moléculas». Si una molécula contiene
átomos de distintas clases (como la molécula de agua, que
tiene un átomo de oxígeno y dos de hidrógeno), es
una molécula de un «compuesto químico». Naturalmente,
era importante medir los pesos relativos de los distintos átomos,
para hallar los «pesos atómicos» de los elementos.
Pero los pequeños át mos se hallaban muy lejos de las posibilidades
ponderables o del siglo XIX. Mas, pesando la cantidad de cada elemento
separado de un compuesto y haciendo deducciones a partir del comportamiento
químico de los elementos, se pudieron establecer los pesos relativos
de los átomos. El primero en realizar este trabajo de forma sistemática
fue el químico sueco Jöns Jacob Berzelius. En 1828 publicó
una lista de pesos atómicos basados en dos patrones de referencia:
uno, el obtenido al dar el peso atómico del oxígeno el valor
100, y el otro, cuando el peso atómico del hidrógeno se
hacía igual a 1.
El sistema de Berzelius no alcanzó inmediata aceptación;
pero en 1860, en el 1 Congreso Internacional de Química, celebrado
en Karlsruhe (Alemania), el químico italiano Stanislao Cannizzaro
presentó nuevos métodos para determinar los pesos atómicos,
con ayuda de la hipótesis de Avogadro, menospreciada hasta entonces.
Describió sus teorías de fortna tan convincente, que el
mundo de la Química quedó conquistado inmediatamente. Se
adoptó como unidad de medida el peso del oxígeno en vez
del del hidrógeno, puesto que el oxígeno podía ser
combinado más fácilmente con los diversos elementos -y tal
combinación era el punto clave del método usual para determinar
los pesos atómicos-. El peso atómico del oxígeno
fue medido convencionalmente, en 1850, por el químico belga Jean
Servais Stas, quien lo fijó en 16, de modo que el peso atómico
del hidrógeno, el elemento más ligero conocido hasta ahora,
seria, aproximadamente, de l; para ser más exactos: 1,0080.
Desde la época de Cannizzaro, los químicos han intentado
determinar los pesos atómicos cada vez con mayor exactitud. Por
lo que se refiere a los métodos puramente químicos, se llegó
al punto culminante con los trabajos del químico norteamericano
Theodore William Richards, quien, desde 1904, se dedicó a determinar
los pesos atómicos con una exactitud jamás alcanzada. Por
ello se le concedió el premio Nobel de Química en 1914.
En virtud de los últimos descubrimientos sobre la constitución
fisica de los átomos, las cifras de Richards han sido corregidas
desde entonces y se les han dado valores aún más exactos.
A lo largo del siglo xix y pese a realizar múltiples investigaciones
que implicaban la optación de las nociones de átomos y moléculas
y a que, por lo general, los científicos estaban convencidos de
su existencia, no se pudo aportar ninguna prueba directa de que fuesen
algo más que simples abstracciones convenientes. Algunos destacados
científicos, como el químico alemán Wilhelm Oswald,
se negaron a aceptarlos. Para él eran conceptos útiles,
pero no «reales».
La existencia real de las moléculas la puso de manifiesto el «movimiento
browniano», que observó por vez primera, en 1827, el botánico
escocés Robert Brown, quien comprobó que los granos de polen
suspendidos en el agua aparecían animados de movimientos erráticos.
Al principio se creyó que ello se debía a que los granos
de polen tenían vida; pero, de forma similar, se observó
que también mostraban movimiento pequenas partículas de
sustancias colorantes totalmente inanimadas.
En 1863 se sugirió por vez primera que tal movimiento sería
debido a un bombardeo desigual de las partículas por las moléculas
de agua circundantes. En los objetos macroscópicos no tendría
importancia una pequeña desigualdad en el número de moléculas
que incidieran de un lado u otro. Pero en los objetos microscópicos,
bombardeados quizá por sólo unos pocos centenares de moléculas
por segundo, un pequeño exceso -por uno u otro lado- podría
determinar una agitación perceptible. El movimiento al azar de
las pequeñas partículas constituye una prueba casi visible
de que el agua, y la materia en general, tiene «partículas».
Einstein elaboró un análisis teórico del movimiento
browniano y demostró cómo se podía averiguar el tamaño
de las moléculas de agua considerando la magnitud de los pequeños
movimientos en zigzag de las partículas de colorantes. En 1908,
el científico francés Jean Perrin estudió la forma
en que las partículas se posaban, como sedimento, en el agua, debido
a la influencia de la gravedad. A esta sedimentación se oponían
las colisiones determinadas por las moléculas procedentes de niveles
inferiores, de modo que el movimiento browniano se oponía a la
fuerza gravitatoria. Perrin utilizó este descubrimiento para calcular
el tamaño de las moléculas de agua mediante la ecuación
formulada por Einstein, e incluso Oswald tuvo que ceder en su postura.
Estas investigaciones le valieron a Perrin, en 1926, el premio Nobel de
Física.
Así, pues, los átomos se convirtieron, de abstracciones
semimísticas, en objetos casi tangibles. En realidad, hoy podemos
decir que, a fin, el hombre ha logrado «ver» el átomo.
Ello se consigue con el llamado «microscopio de campo iónico»,
inventado, en 1955, por Erwin W. Mueller, de la Universidad de Pensilvania.
El aparato arranca iones de carga positiva a partir de la punta de una
aguja finísima, iones que inciden contra una pantalla fluorescente,
la cual da una imagen, ampliada 5 millones de veces, de la punta de la
aguja. Esta imagen permite que se vea como un pequeño puntito brillante
cada uno de los átomos que componen la punta. La técnica
alcanzara su máxima perfección cuando pudieran obtenerse
imágenes de cada uno de los átomos por separado. En 1970,
el físico americano Albert Victor Crewe informó que había
detectado átomos sueltos de uranio y torio con ayuda del microscopio
electrónico.
Termodinámica,
energía y calor volver
El estudio del calor empezó con la invención de la máquina
de vapor al principio de la Revolución Industrial. La necesidad
de disponer de una mejor fuente de energía que los competidores
empujó a los científicos ingleses, franceses y alemanes
a desarrollar lo que hoy llamamos la termodinámica. Se trató
de un caso en el que la tecnología empujó la investigación
básica antes que a la inversa.
Hoy en día, la termodinámica es 1a ciencia que nos habla
del comportamiento de cosas como energía, calor residual y el uso
eficiente de los recursos. También se ha desarrollado la ciencia
que nos proporciona una de las mejores comprensiones de la relación
entre el mundo a gran escala en que vivimos y el mundo del átomo.
Energía
y potencia volver
El concepto de energía es una de las ideas
más importantes en termodinámica, de hecho en toda la Ciencia.
Aunque el término «energía» tiene muchos sentidos
coloquiales, para un físico sólo significa una cosa. Un
sistema tiene energía si es capaz de ejercer una fuerza sobre una
distancia (o, en la jerga de los físicos, si es capaz de hacer
«trabajo»).
Hay diferentes tipos de energía. Si un objeto se mueve, es capaz
de ejercer una fuerza sobre cualquier cosa con la que tropiece. Así,
posee energía. La energía del movimiento recibe el nombre
de energía cinética.
De un modo similar, un objeto puede tener energía en virtud de
su posición. Si alzamos este libro, caerá cuando lo soltemos.
Durante su caída, será capaz de ejercer una fuerza y, en
consecuencia, de hacer un trabajo. La energía asociada con la posición
recibe el nombre de energía potencial.
Finalmente, un objeto puede tener energía en virtud de su masa
(E = mc2 y todo eso).
Hay muchas formas diferentes de energía potencial. Si pensamos
en alzar este libro, nos daremos cuenta de que el libro posee energía
porque la fuerza de la gravedad actúa sobre él hacia abajo.
En consecuencia, llamamos a la energía de un objeto elevado «energía
potencial gravitatoria».
Del mismo modo, un electrón cerca del núcleo de un átomo
tiene energía porque puede caer a una órbita inferior. En
este caso, la caída será ocasionada por la fuerza eléctrica,
de modo que nos referiremos a ella como «energía potencial
eléctrica».
Cuando los electrones de las moléculas se reordenan durante las
reacciones químicas, cambian su energía eléctrica
potencial. La energía almacenada en la ordenación de los
electrones recibe el nombre de «energía potencial química».
Hay también energía potencial asociada al magnetismo, a
las fuerzas que proporcionan elasticidad en los sólidos y a otras
fuerzas.
Lo que llamamos «calor» es una forma de energía cinética
a nivel atómico. Cuando un objeto está caliente, los átomos
en él se mueven muy rápidamente. Por otra parte, cuando
está frío, los átomos se mueven con lentitud. Así,
lo que llamamos calor es en realidad una forma de energía del movimiento
de los átomos. La comprensión de que el calor podía
ser explicado de esta forma fue una de las intuiciones profundas de la
física del siglo xix.
También nos proporciona un vínculo de unión entre
el mundo macroscópico de nuestros sentidos y el mundo invisible
del átomo. Si puede traducir usted la visión de un tronco
encendido al rojo en una chimenea y sentir el calor que emana de él
a una visión de átomos que se mueven rápidamente,
estará en el camino de la visión moderna del mundo físico.
Las formas de energía no son fijas e inmutables: una forma puede
cambiar rápidamente en otra. Por ejemplo, cuando nos frotamos las
manos en un ambiente frío, la energía cinética de
nuestras manos es convertida en calor. Viceversa, cuando hacemos hervir
agua sobre un fuego de campaña, la energía química
de la madera es convertida en calor en el agua, y ese calor es convertido
en energía de movimiento en el chorro de vapor que vemos salir
de la olla.
El hecho más importante acerca de la energía es que la total
de energía en un sistema aislado no cambia. En el lenguaje de los
físicos, decimos que la energía es «conservada»,
y hablamos de la ley de la «conservación» de la energía.
La ley de la conservación de la energía es simplemente la
afirmación de un fragmento de sabiduría popular, el de que
no existe la comida gratis. Si queremos calentar nuestra casa tenemos
que obtener la energía para hacerlo de alguna parte, ya sea de
una central eléctrica o de un fuego de petróleo. La energía
no puede ser creada; como tampoco puede ser destruida. Todo lo que podemos
hacer con la energía es cambiar una forma por otra.
La primera ley de la termodinámica dice que el calor es una forma
de energía, y que la energía es conservada. Ésta
es discutiblemente una de las más importantes leyes de la Naturaleza
jamás descubiertas.
Potencia» se refiere al índice al que es gastada la energía.
Si subimos lentamente un tramo de escaleras y luego corremos el mismo
tramo de escaleras tan rápido como podamos, gastaremos cada vez
la misma cantidad de energía. Cuando corremos, sin embargo, nuestra
potencia es más grande debido a que gastamos la energía
con más rapidez. Por eso llegamos al final jadeantes.
Virtualmente toda la energía usada en la Tierra procede del Sol.
De energía en forma de luz es convertida a energía química
a través del proceso de la fotosíntesis. Puede ser almacenada
(en carbón o petróleo, por ejemplo), usada directamente
por las plantas, secundariamente, usada por los animales. La energía
que utiliza usted para sostener este libro y para mover los ojos mientras
lee procede, en último término, del Sol a través
de esta ruta. Finalmente, la energía que utilizamos de Sol se convierte
en calor residual y vuelve al espacio como radiación infrarrojo.
Así, no consumimos energía, sino que la usamos cuando pasa
a través de nuestro entorno.
La potencia es medida en kilovatios o caballos de fuerza. La unidad de
potencia en el sistema métrico es el vatio. El kilovatio, como
su nombre implica, son mil vatios. Puede que se necesiten varios cientos
de vatios para hacer funcionar una cadena de alta fidelidad.
La unidad de potencia en el sistema inglés es el caballo de fuerza.
El motor en una sierra eléctrica de mesa puede desarrollar un caballo
de potencia, un coche varios cientos.
La unidad de energía más familiar para nosotros es el kilovatio
1hora, que es la que se refleja en nuestras facturas de la electricidad.
Ésta es la cantidad de energía gastada por una fuente de
un kilovatio que esté funcionando durante una hora. Un kilovatio/hora
nos permitirá usar:
Una
hora de un pequeño calentador de sobremesa.
Diez horas de una bombilla eléctrica.
Cuatro horas de un televisor.
James
Watt (1736-1819), el ingeniero escocés que inventó la moderna
máquina de vapor, definió también el caballo de vapor.
Necesitaba una forma de vender sus máquinas a los ingenieros de
minas. Por aquella época, el agua era sacada de las minas por medio
de bombas accionadas por caballos. Watt midió a qué índice
podía trabajar un caballo típico durante un período
extenso de tiempo, y luego calibró sus máquinas de acuerdo
con ello. Así, pudo decirle a su clientela en perspectiva que una
máquina de un caballo de vapor podía remplazar un caballo
en una mina.
Calor volver
Aunque la energía es conservada, no necesita permanecer en el mismo
lugar todo el tiempo. Esto es particularirnente cierto con respecto al
calor, que se mueve muy fácilmente de un lugar a otro. Si apagamos
la caldera de la calefacción de nuestra casa durante el invierno,
por ejemplo, la casa se enfriará rápidamente a medida que
el calor se disipa fuera. Hay tres procesos por los que el calor puede
trasladarse de un lugar a otro: conducción, convección y
radiación.
Conducción. Si el interior de nuestra casa está caliente,
las moléculas del interior de la pared se moverán más
rápido que las moléculas del exterior. Cuando los átomos
del interior colisionen con los más cercanos a la parte exterior,
se producirá una transferencia de energía: los átomos
cercanos a la parte exterior empezarán a moverse más aprisa.
Así, tras un período de tiempo, la parte exterior de la
pared estará más caliente de lo que lo estaría normalmente.
Pensamos en este proceso como en un «flujo de calor» de dentro
a fuera de la casa, pero, de hecho, es simplemente un asunto de energía
que es transferida a lo largo de una cadena de átomos por colisiones
ordinarias.
Convección. En un caluroso día de verano, el aire sobre
el suelo es calentado. Debido a que es calentado, se expande y se vuelve
menos denso que el aire más frío encima de el. Finalmente,
la situación se vuelve inestable. El aire caliente se mueve hacia
arriba y es remplazado por aire frío que se mueve hacia abajo.
A medida que el aire cálido se mueve hacia arriba, se lleva consigo
el calor en un proceso llamado convección.
La convección es en realidad un medio mucho más eficiente
de transferir energía que la conducción. La convección
es lo que transfiere el calor del interior del Sol a su superficie externa
y lo que crea el clima en la superficie de la Tierra.
Radiación.
volver
Si adelantamos la mano hacia el fuego, sentimos el calor. Nuestra sensación
es el resultado de una transferencia de energía del fuego a nuestra
mano. El calor es transformado en radiación infrarrojo en el fuego.
Esta radiación viaja a través del espacio y es finalmente
absorbida por nuestra mano, donde es convertida de nuevo en la energía
cinética de los átomos. Cada objeto cuya temperatura se
halle por encima de la de su entorno pierde calor por radiación.
La
segunda ley de la termodinámica volver
La energía no es toda la historia. Para comprender por qué,
piense en el hecho de que es fácil batir un huevo y muy dificil
desbatirlo. Sin embargo, desde el punto de vista de la energía,
un proceso no es diferente del otro. Nuestra intuición nos dice
que resulta difícil establecer un orden en el mundo y fácil
destruirlo, pero evidentemente no podemos relacionar esta idea sólo
con la primera ley de la termodinámica.
La segunda ley de la termodinámica trata del concepto de orden
en el Universo. Es un concepto difícil de comprender, y sin embargo
descansa sobre algunas de las más simples observaciones. Si ponemos
un cubito de hielo sobre una mesa, el calor se mueve del aire al cubito
de hielo en vez de a la inversa. Esto, de hecho, conduce a una declaración
de la segunda ley de la termodinámica:
Hay
otras formas de enunciar la ley. Son:
l. El calor no fluirá espontáneamente de un objeto frío
a otro más caliente.
2. Es imposible, incluso en principio, convertir calor en trabajo con
un 100 por ciento de eficiencia.
3. El desorden de un sistema aislado debe incrementarse con el tiempo
o, como máximo, permanecer constante.
Es
posible demostrar matemáticamente que cualquiera de esas tres declaraciones
de la segunda ley implica las otras dos. En otras palabras, aunque no
resulte obvio de inmediato, todas ellas son afirmaciones equivalentes.
El mundo se está yendo al infierno a marchas forzadas, al menos
de acuerdo con la última afirmación de la segunda ley. Nos
dice que la cantidad de desorden en un sistema debe incrementarse con
el tiempo a menos que el sistema no se halle aislado de su entorno. En
lenguaje técnico, esta declaración de la segunda ley utiliza
el concepto de entropía. La entropía es una medida de la
cantidad de desorden en un sistema a nivel atómico, y la segunda
ley puede ser enunciada en la forma de que «la entropía de
un sistema cerrado no puede disminuir».
La segunda ley NO implica que los sistemas no puedan volverse más
ordenados. Si la energía fluye entre partes de un sistema, es posible
para una parte del sistema volverse más ordenada mientras otra
parte se vuelve más desordenada. Tomemos como ejemplo la Tierra
y el Sol. Un pequeño número de moléculas en los sistemas
vivos de la Tierra se vuelven ordenadas, pero al mismo tiempo un número
mucho más grande de moléculas en el Sol se vuelven más
desordenadas. El desorden neto de los sistemas se incrementó.
La segunda ley dice que debemos pensar en la energía en términos
de su cualidad además de su cantidad. Si no podemos convertir el
calor en trabajo con un 100 por ciento de eficiencia, entonces cada vez
que deseemos hacer una conversión así (por ejemplo en una
central generadora eléctrica), parte de nuestro almacenamiento
original de calor debe ser lanzado a la atmósfera, donde se vuelve
irrecuperable. Así, podemos pensar en la energía de alto
grado como una energía asociada con alta temperatura, e imaginar
esta energía como algo que se degrada cada vez que es utilizado.
Un ejemplo podría ser el calor en el núcleo de un reactor
nuclear o una central de energía accionada por carbón. El
combustible es convertido en energía de bajo grado en forma de
electricidad que es traída a nuestra casa y luego convertida en
energía de grado más bajo aun cuando la usamos para accionar
un electrodoméstico. A cada paso, algo de la energía es
convertida en calor de grado bajo y lanzada al medio ambiente. Aunque
no se pierde nada de energía en ningún paso de este proceso,
el proceso es pese a todo una calle de un solo sentido porque, con cada
conversión, parte de la energía es puesta en una forma de
grado más bajo y no puede seguir siendo utilizada.
La segunda ley tiene importantes consecuencias en la política energética
porque sitúa una eficiencia máxima posible a cada motor
accionado por el calor. Tales motores incluyen los de las centrales generadores
de electricidad y los de los coches. Resulta que, de acuerdo con la segunda
ley, nuestras actuales centrales generadores no pueden ser más
eficientes que un 40 por ciento. En otras palabras, cuando quemamos una
tonelada de carbón para generar electricidad, casi dos tercios
de la energía en ese carbón deben ser lanzados a la atmósfera.
Esto no es resultado de un diseño imperfecto o una pobre eficiencia
por parte de los ingenieros: es consecuencia de una de las más
fundamentales leyes de la Naturaleza.
De hecho, las centrales generadores modernas operan típicamente
a un 30 por ciento de su eficiencia o un poco más. Los ingenieros
han llegado con sus diseños a bordear casi el límite teórico.
El uso de la energía solar para calentar un hogar o el quemar petróleo
para conseguir el mismo propósito no tropiezan con las mismas construcciones
de la segunda ley, porque una caldera de petróleo no es un motor.
El propósito de una caldera de petróleo no es producir trabajo
útil, sino producir calor. En consecuencia, tales dispositivos
producen energía con una eficiencia mucho más alta que una
central generadora eléctrica.
El Universo no «dejará de funcionar» a causa de la
segunda ley, pese al hecho de que durante el siglo xix la gente hablaba
de algo llamado «la muerte por calor» del Universo. La idea
era que, puesto que de acuerdo con la segunda ley toda la energía
disponible acabaría finalmente siendo desechada como calor residual,
todo en el Universo alcanzaría una elevada temperatura uniforme.
Ya no creemos que éste vaya a ser el destino del Universo. Ahora
comprendemos que el Universo se está expandiendo y enfriando. En
consecuencia, nuestra visión del fin del Universo es muy diferente
ahora que la que existía en el siglo xix.
Calor
y materiales volver
La mayoría de los materiales se expanden cuando son calentados
debido a que, cuando es añadido calor, los átomos se mueven
más rápido. Podemos pensar en este movimiento añadido
como en una exigencia por parte de los átomos de que quieren más
«espacio para mover los codos». Como consecuencia de las temperaturas
más altas, pues, la mayoría de los materiales se expanden.
El agua no siempre se expande cuando es calentada. Probablemente sea usted
consciente del hecho de que, cuando el agua se congela, se expande. Es
por eso que las cañerías de agua revientan en tiempo fijo.
De lo que quizá no se dé cuenta es de que esta propiedad
caracteriza no sólo la transición agua-hielo, sino también
el agua a baja temperatura. De cero a cuatro grados centígrados,
el agua se contrae a medida que es calentada. En otras palabras, el agua
se halla en su estado más denso cuando está a cuatro grados,
y en realidad es menos densa a temperaturas más bajas. Eso significa
que el agua en el fondo de los océanos puede ser más cálida
que la de profundidades superiores.
El fundirse y evaporarse implican ambos energía. Si calentamos
un sólido, los átomos se mueven más y más
rápido. Finalmente se alcanza un punto en el que los átomos
no pueden ser mantenidos más tiempo en su estructura rígida
y empiezan a soltarse. Cuando esto ocurre, el material cambia de sólido
a líquido. Decimos que se funde.
Requiere energía extra elevar la temperatura de un material más
allá del punto de fundición. Esto es debido a que además
de aumentar la energía cinética de las moléculas,
tenemos que romper las ataduras que mantienen unidos los átomos.
A medida que la energía necesaria para romper esas ataduras es
añadida a los sistemas, la materia permanece a una temperatura
constante (la temperatura de fusión).
Lo mismo ocurre si un líquido es hervido. En este caso, hay que
añadir la energía necesaria para permitir que las moléculas
escapen de la atracción de sus vecinas en el líquido y vuelen
al aire. El punto de ebullición de un líquido depende de
la presión. La escapatoria de las moléculas de la superficie
de un líquido calentado es más fácil si la presión
externa del aire es inferior. Es por eso por lo que el agua hierve a una
temperatura inferior a grandes altitudes que al nivel del mar. Si alguna
vez ha intentado usted seguir una receta de cocina estando en las montañas,
es probable que se haya tropezado con este fenómeno. Un huevo duro
de tres minutos puede que tenga que ser hervido más de tres minutos
en Denver.
El cero absoluto es la temperatura más baja posible. En la visión
clásica, la temperatura más baja posible correspondería
a aquella en la que se detiene todo movimiento atómico. El cero
absoluto es -273,150 C.
Hoy, con el advenimiento de la mecánica cuántica, sabemos
que los átomos no pueden «pararse» en realidad, en
el sentido habitual de la palabra. En vez de ello, definimos el cero absoluto
como la temperatura a la que los átomos poseen la energía
más baja posible consistente con las leyes de la mecánica
cuántica. Un material al cero absoluto en el cuadro de la mecánica
tanto clásica como cuántica se presenta como un material
del que ya no puede extraerse más energía por ningún
medio.
Las temperaturas más bajas producidas en laboratorio se hallan
a menos de una milmillonésima del cero absoluto, y es rutinariamente
posible temperaturas de 4 grados por encima del cero absoluto. Derecho,
se puede comprar helio líquido a esta te ratura por aproximadamente
el precio de una botella de whisky escocés barato. Al otro extremo
de la escala de temperaturas, las reacciones a fusión, ya sea en
armas o en laboratorio, se producen a temperaturas comparables a las del
interior del sol, que se supone que giran en torno a los 150 millones
de grados centígrados.
Evolución volver
La vida en la Tierra se desarrolló a través del proceso
de la evolución. Esta afirmación lo incluye todo, desde
las bacterias a los pinos y a las jirafas. El concepto de la evolución
de la vida proporciona el esquema central en tomo al cual se organizan
las ciencias de la vida. Puesto que todos esos campos comparten una visión
evolutiva de la vida, es posible para alguien que estudie el ecosistema
de un gran lago hablar el mismo lenguaje que un colega que estudie la
secuencia de moléculas de un particular segmento de ADN, aunque
pueda parecer al principio que no tienen nada en común. Es imposible
comprender las ciencias biológicas modernas sin comprender la evolución.
El mecanismo central de la evolución es la selección natural.
La idea básica de la selección natural es ésta: en
cualquier tiempo dado se producen variaciones en una población.
Algunas jirafas tienen el cuello más largo que otras, algunos seres
humanos pueden correr más rápido que otros, y así
sucesivamente. Si ciertas variaciones proporcionan a los individuos que
las poseen unas posibilidades superiores de sobrevivir lo suficiente como
para tener hijos, entonces es muy probable que esas caracteristicas sean
pasadas a la siguiente generación. Por ejemplo, si tener un cuello
más largo permite a una jirafa en particular comer las hojas que
otras jirafas no pueden alcanzar durante una sequía, la jirafa
con el cuello más largo tiene más posibilidades de sobrevivir
a la sequía y tener descendencia. Esa descendencia se parecerá
a sus padres y tendrá cuellos más largos. Si el cuello largo
sigue siendo una ventaja, a lo largo de un período dilatado de
tiempo las jirafas con cuellos más largos se convertirán
finalmente en la variación dominante de la población. De
este modo, una característica que permite a un individuo explotar
su entorno con más eficacia termina siendo compartida por todos
los miembros de su especie. Ésta es básicamente la idea
de la selección natural.
La evolución sigue actuando hoy en día. El desarrollo de
la vida no es un proceso que tuvo lugar en un tiempo determinado y luego
se detuvo: las cosas vivas siguen adaptándose hoy en día
a su entorno. El ejemplo histórico más famoso de esto es
la historia de un tipo de polilla que vivía en el centro de Inglaterra.
Originalmente, esas polillas eran moteadas blancas y pardas, de modo que
se mezclaban con los árboles que formaban su entorno natural. Durante
la Revolución Industrial, el entorno inglés se volvió
mucho más oscuro debido al hollín de las fábricas.
En respuesta a ello, las polillas evolucionaron en unos pocos años
a un color grisáceo para fundirse con el nuevo entorno. Cuando
el movimiento a favor de un aire más limpio sacudió Inglaterra
en los años sesenta y las fábricas filtraron sus humos,
las polillas empezaron a evolucionar de vuelta a sus colores originales.
Charles Darwin (1809-1882) es el fundador de la moderna teoría
evolutiva. Poco después de terminar sus estudios universitarios,
Darwin firmó como naturalista para un viaje de exploración
de cinco años a bordo de un barco llamado Beagle. Durante ese viaje
se convenció de que las especies no eran inmutables, sino que cambiaban
gradualmente a lo largo del tiempo.
Un estudio que le condujo a esta conclusión fue el de los pinzones
de las islas Galápagos, donde pájaros estrechamente relacionados
de islas diferentes habían desarrollado unas características
completamente distintas (forma del pico, por ejemplo), en respuesta a
sus diferentes entornos.
En 1859, Darwin publicó Sobre el origen de las especies por medio
de la selección natural, quizás uno de los libros más
influyentes jamás escritos. Aunque recibió una fuerte oposición
por parte de los teólogos de la época, los puntos de vista
de Darwin sobre la vida han sido desde entonces aceptados por todo el
mundo excepto un elemento marginal entre los pensadores religiosos. Existen
tantas pruebas en apoyo de su teoría que los científicos
ya ni siquiera se molestan en pensar acerca de su validez básica,
sino que en vez de ello se concentran en elaborar sus detalles.
En lo que podemos calificar como una de las más incorrectas evaluaciones
jamás hechas sobre el talento de un joven, el padre de Darwin respondió
a los pobres resultados de los estudios de su hijo escribiendo: «No
te preocupas más que de disparar, los perros y cazar ratas, y serás
una desgracia para ti mismo y para tu familia.»
Existe una diferencia entre el hecho de la evolución y la teoría
de la evolución. A veces oímos a la gente comentar que la
evolución es «sólo una teoría». Esta
afirmación es muy engañosa, porque la evolución es
un hecho además de una teoría. Es fácil comprender
lo que se quiere decir si pensamos en la gravedad. Existen teorías
sobre la gravedad, incluidas las de Newton y Einstein. Esas teorías
pueden ser ciertas o erróneas, completas o incompletas. Pero existe
también el hecho de la gravedad: cuando soltamos algo, cae. Este
hecho sigue existiendo, sean correctas o no las teorías.
Exactamente del mismo modo, el registro del desarrollo de la vida desde
sus humildes inicios hasta la compleja biosfera actual es un hecho que
puede leerse en los fósiles. Del mismo modo, la habilidad de las
cosas vivas de mutar en respuesta al cambio del entorno puede verse en
los laboratorios y en la Naturaleza. El que alguna de las actuales teorías
de la evolución pueda o no explicar esto no cambia la existencia
del hecho de la evolución.
Esto es una distinción importante, puesto que una de las técnicas
preferidas de los creacionistas es argumentar que, puesto que los científicos
se hallan en desacuerdo sobre este o aquel punto de la teoría evolutiva,
el hecho de la evolución debe ser arrojado por la borda y aceptar
su versión de la creación. Esto es más o menos equivalente
a escuchar a dos personas discutir sobre si una oficina se halla en el
piso 52 o en el 53 del Empire State Building y concluir de ello que el
edificio tiene que ser un piso más alto.
Los errores de la Naturaleza pueden ser la prueba más espectacular
de la evolución. En su maravilloso ensayo El pulgar del panda,
Steven Jay Gould señala que los órganos bien adaptados como
el ojo no pueden usarse para demostrar la teoría de la evolución,
puesto que esos órganos pueden ser explicados con la misma facilidad
en términos de una creación especial. órganos como
el apéndice humano o el pulgar del panda, sin embargo, sí
proporcionan esa prueba.
El panda, un pariente lejano del mapache, perdió su auténtico
pulgar en los inicios de su historia evolutiva. Cuando el entorno en el
que se hallaba cambió y las hojas de bambú se convirtieron
en un elemento fundamental de su dieta, tener algo parecido a un pulgar
para arrancar las hojas de los tallos era una ventaja. En consecuencia,
en el panda, un espolón parecido a un pulgar evolucionó
al lado de un hueso en la muñeca.
Se trata, por supuesto, de una forma más bien torpe de proporcionarle
al panda un pulgar, algo que nadie haría ni remotamente si estuviera
diseñando el animal desde cero. El mecanismo de la selección
natural toma al animal según lo que es y lo adapta como puede al
entorno en que resulte hallarse. No produce necesariamente el organismo
mejor, ni siquiera el más eficiente.... sólo lo mejor que
puede hacer a partir del material que tiene a mano. A veces, como en el
caso del panda, el resultado tiene un aspecto decididamente provisional.
Aún
es un misterio
¿Cómo evolucionaron las alas? Aunque la ventaja evolutiva
de unas alas totalmente desarrolladas no resulta dificil de ver, no puede
decirse lo mismo acerca de las ventajas de los rudimentarios apéndices
que debieron conducir a ellas. En algunos casos, por ejemplo las aves,
las alas evolucionaron de brazos y manos. Con lo insectos, sin embargo,
las alas debieron evolucionar de protuberancias en los costados del animal.
¿Qué ventaja podían propor-cionar esas protuberancias?
El hecho de que las alas ayudaran a un descendiente millones de años
en el futuro ciertamente no podía ayudar a un individuo a sobrevivir
en aquel momento.
Recientemente, los científicos han argumentado que las protuberancias
jugaron un papel importante en la regulación de la temperatura:
proporcionaron superficies extras por las cuales podía absorberse
o radiarse el calor. Los cálculos muestran que los más eficientes
intercambiadores de calor son exactamente lo bastante grandes como para
permitir al insecto planear (algo parecido a la actual ardilla «voladora»).
A partir de ese punto, el órgano, desarrollado originalmente con
una finalidad (transferencia de calor), pudo ser usado como base para
el desarrollo de otra (volar). Esta idea, que para mí tiene mucho
sentido, ilustra muy bien la naturaleza ad hoc del proceso evolutivo.
¿Cómo se produjo la evolución? Cuando Charles Darwin
propuso por primera vez la teoría de la evolución, pensaba
que los cambios en los organismos se producían de poco en poco,
y que los cambios se iban acumulando con cada generación hasta
que esa acumulación producía los cambios espectaculares
que vemos en los fósiles. Esta idea es conocida como gradualismo.
En 1972, dos paleontólogos norteamericanos, Steven Jay Gould y
Niles Eldrige, propusieron una visión alternativa de la evolución.
Su interpretación de los fósiles fue que durante la mayor
parte del pasado se produjeron pocos cambios de una generación
a la siguiente, un fenómeno que llamaron «estasis».
Esos periodos de tranquilidad, desde su punto de vista, se vieron puntuados
por pequeños estallidos de cambio rápido. Esta interpretación
de los fósiles recibe el nombre de «equilibrio puntuado».
El debate acerca de cuáles de esas dos interpretaciones de los
fósiles es correcta prosigue debido a que las huellas fósiles
son tan irregulares e incompletas que no podemos llegar a marcar la diferencia
entre ellas. Personalmente, creo que la respuesta a la pregunta «¿Cómo
se produjo la evolución?» es «Todo lo de arriba».
Probablemente hay ejemplos de cambios tanto rápidos como graduales
en la historia de la vida. ¡El mundo es demasiado complejo para
tener respuestas sencillas!
¿Empezó realmente la vida en otros planetas? Las condiciones
necesarias para que la vida evolucione sobre la Tierra a partir de la
materia inorgánico son más bien estrictas. La aparente improbabilidad
de que la vida se desarrollara aquí ha conducido a algunas personas
a sugerir que la vida llegó a nuestro planeta procedente de otro
lugar. Esta idea ha llegado a ser conocida como «panspermia».
En el siglo xix se sugirió que la vida fue llevada de un sistema
estelar a otro por algún tipo de espora, pero esta idea cayó
en el descrédito cuando se comprobó que las radiaciones
que una espora así iba a encontrar en el espacio profundo excederían
con mucho cualquier dosis letal razonable.
Más recientemente, una variación de esta idea llamada «panspermia
dirigida», fue aventurada por el premio Nobel Francis Crick. Su
idea es que otras civilizaciones pusieron microorganismos en naves espaciales
protegidas y los enviaron a sembrar planetas donde las condiciones fueran
adecuadas. El principal problema con esta idea es: ¿Cómo
se desarrolló la vida en el planeta progenitor? Después
de todo, las cosas que hacen la vida improbable sobre la Tierra también
deben de hacerla improbable en cualquier otro lugar. ¿Por qué
no sustituir dos milagros (la vida más el deseo de sembrar el Universo)
por uno (sólo la vida)?
¿Pueden aplicarse las ideas de Darwin a las sociedades? Una de
las más interesantes (y controvertidas) extensiones de las ideas
de Darwin es el estudio de la sociobiología. La premisa esencial
de la sociobiología es que algunos principios de la evolución
biológica sirven para la evolución de las culturas además
de la de los organismos.
Mi lectura (del autor)de la situación sociobiológica es
ésta: la teoría fue saludada con una ferviente oposición
inicial, basada primariamente en la ideología y centrada en la
izquierda política. La sociobiología se halla ahora en un
período de intenso desarrollo que terminará cuando descubramos
hasta dónde puede ser llevada esta idea para explicar la estructura
social humana.
Resulta difícil imaginar a alguien con menos probabilidades de
ser el centro de la controversia que Edmund 0. Wilson, de la Universidad
de Harvard. Es un hombre tranquilo y erudito cuyo primer amor es el estudio
de las hormigas, tanto vivas como extintas. Por ejemplo, desde hace tiempo
llegó a un acuerdo con los tratantes de ámbar haitianos
para que le ofrecieran prioridad sobre toda hormiga antigua que hallaran
atrapada en ámbar.
del pasado se produjeron pocos cambios de una generación a la siguiente,
un fenómeno que llamaron «estasis». Esos periodos de
tranquilidad, desde su punto de vista, se vieron puntuados por pequeños
estallidos de cambio rápido. Esta interpretación de los
fósiles recibe el nombre de «equilibrio puntuado».
El debate acerca de cuáles de esas dos interpretaciones de los
fósiles es correcta prosigue debido a que las huellas fósiles
son tan irregulares e incompletas que no podemos llegar a marcar la diferencia
entre ellas. Personalmente, creo que la respuesta a la pregunta «¿Cómo
se produjo la evolución?» es «Todo lo de arriba».
Probablemente hay ejemplos de cambios tanto rápidos como graduales
en la historia de la vida. ¡El mundo es demasiado complejo para
tener respuestas sencillas!
¿Empezó realmente la vida en otros planetas? Las condiciones
necesarias para que la vida evolucione sobre la Tierra a partir de la
materia inorgánico son más bien estrictas. La aparente improbabilidad
de que la vida se desarrollara aquí ha conducido a algunas personas
a sugerir que la vida llegó a nuestro planeta procedente de otro
lugar. Esta idea ha llegado a ser conocida como «panspermia».
En el siglo xix se sugirió que la vida fue llevada de un sistema
estelar a otro por algún tipo de espora, pero esta idea cayó
en el descrédito cuando se comprobó que las radiaciones
que una espora así iba a encontrar en el espacio profundo excederían
con mucho cualquier dosis letal razonable.
Más recientemente, una variación de esta idea llamada «panspermia
dirigida», fue aventurada por el premio Nobel Francis Crick. Su
idea es que otras civilizaciones pusieron microorganismos en naves espaciales
protegidas y los enviaron a sembrar planetas donde las condiciones fueran
adecuadas. El principal problema con esta idea es: ¿Cómo
se desarrolló la vida en el planeta progenitor? Después
de todo, las cosas que hacen la vida improbable sobre la Tierra también
deben de hacerla improbable en cualquier otro lugar. ¿Por qué
no sustituir dos milagros (la vida más el deseo de sembrar el Universo)
por uno (sólo la vida)?
¿Pueden aplicarse las ideas de Darwin a las sociedades? Una de
las más interesantes (y controvertidas) extensiones de las ideas
de Darwin es el estudio de la sociobiología. La premisa esencial
de la sociobiología es que algunos principios de la evolución
biológica sirven para la evolución de las culturas además
de la de los organismos.
Mi lectura (del autor)de la situación sociobiológica es
ésta: la teoría fue saludada con una ferviente oposición
inicial, basada primariamente en la ideología y centrada en la
izquierda política. La sociobiología se halla ahora en un
período de intenso desarrollo que terminará cuando descubramos
hasta dónde puede ser llevada esta idea para explicar la estructura
social humana.
Resulta difícil imaginar a alguien con menos probabilidades de
ser el centro de la controversia que Edmund 0. Wilson, de la Universidad
de Harvard. Es un hombre tranquilo y erudito cuyo primer amor es el estudio
de las hormigas, tanto vivas como extintas. Por ejemplo, desde hace tiempo
llegó a un acuerdo con los tratantes de ámbar haitianos
para que le ofrecieran prioridad sobre toda hormiga antigua que hallaran
atrapada en ámbar.
Pero el trabajo de Wilson sobre la evolución de los insectos le
llevó finalmente a su actual status como fundador y faro de la
nueva ciencia de la sociobiología. Como tal, ha sido denigrado
por sus colegas, criticado en la Prensa, y echado a gritos del estrado
en las reuniones científicas por estudiantes radicales. Creo que
ha necesitado más que un poco de valor para proseguir con sus ideas
frente a todo este alboroto.
Ideas
erróneas comunes sobre la evolución volver
La evolución no dice que los humanos desciendan de los monos. Es
una vieja patraña que se remonta a los dias de Darwin el que la
evolución requiere que los seres humanos desciendan del mono. De
hecho, la teoría enseña que tanto humanos como simios descienden
de un antepasado común que vivió hace millones de años.
La evolución no requiere un «eslabón perdido»
entre humanos y monos. La búsqueda del «eslabón perdido»
entre humanos y monos ocupa un lugar especial en la mitología popular.
Mi propio ejemplo preferido del poder de esta imagen es un luchador profesional
que se pintó el rostro de verde y se hizo llamar «El eslabón
perdido». La idea detrás de esa imagen es que si la Humanidad
descendiera de los simios, entonces tendría que haber una criatura
que fuera medio mono, medio hombre. De hecho, puesto que la Humanidad
y los monos descienden de un antepasado común, no debería
existir nada así.
La supervivencia del más apto» no significa lo que parece.
La selección natural se caracteriza a menudo como «la supervivencia
del más apto». El propio Darwin utilizó esta frase,
pero a menudo es mal presentada o mal comprendida. Darwin utilizó
el término «apto» para describir individuos que tienen
éxito en producir descendencia en la siguiente generación,
nada más. En general, aquellos individuos que se hallan mejor adaptados
a su entorno serán «aptos» en ese sentido.
Durante el siglo XIX, e insistiendo aún en nuestra propia época,
la noción de «aptitud» recibió connotaciones
morales por parte de muchos filósofos. Se argumentó que
el «mejor» sobrevive y prospera. Como podemos ver por el ejemplo
de la jirafa, ésta no es la forma en que funciona la selección
natural. No hay ningún juicio moral en la Naturaleza. La única
afirmación que podemos hacer es que los individuos cuyas características
genéticas les proporcionan una ventaja en su competencia con sus
semejantes tienen más probabilidades de producir descendencia,
de tal modo que en algún tiempo distante en el futuro esa descendencia
dominará la población.
Durante el siglo xix el filósofo británico Herbert Spencer
adaptó lo que creyó que eran las ideas de Darwin a la critica
social. Desde entonces sus ideas han sido conocidas como darwinismo social.
La idea básica del darwinismo social es que, del mismo modo que
la Naturaleza actúa según la supervivencia de los mas aptos,
igual hace la sociedad. Los ricos, según Spencer, llegaron donde
están porque son aptos, mientras que los pobres están donde
están porque no son aptos. Por supuesto, esto da la vuelta al propio
paradigma darwiniano. De hecho, alguien como Leland Stanford, el constructor
del ferrocarril Southern Pacific y uno de los grandes capitalistas explotadores
de los Estados Unidos del siglo xix, era decididamente no apto según
los estándares darwinianos. Sólo tuvo un hijo, un joven
que murió antes de poder tener descendencia. Por otra parte, el
más humilde culí chino o trabajador irlandés en los
ferrocarriles de Stanford pudo tener fácilmente una docena de hijos
y ser, en consecuencia, y en sentido darwiniano, mucho más apto
que Stanford.
Cuando hablo de la teoría darwiniana con clases de no graduados,
me encanta señalarles que, yendo a la Universidad se vuelven no
aptos, porque están malgastando sus mejores años reproductivos.
Los individuos de una especie no pueden cambiar su estructura genética.
El científico francés Jean-Baptiste Lamarck creía
que las características adquiridas podían ser pasadas de
una generación a la siguiente. Por ejemplo, si la jirafa tendía
el cuello para alcanzar las hojas, su cuello se haría más
largo y sus hijos heredarían esta característica adquirida.
Hoy sabemos que tales cosas no se heredan. El hijo de un levantador de
pesos no obtiene automáticamente buenos músculos, del mismo
modo que el hijo de un corredor de maratón no adquiere automáticamente
una capacidad pulmonar mejorada. Heredamos muchas cosas de nuestros padres,
pero esta herencia no tiene nada que ver con esas otras características.
Durante los años veinte el «genetista» ruso Tromfin
Lísenko consiguió un gran dominio político en la
Unión Soviética debido a que sus teorías resultaron
encajar con la filosofía marxista. Rechazaba la idea de que los
genes tuvieran algo que ver con la herencia, y volvió sus espaldas
a la «decadente» ciencia occidental. Prometió a Stalin
que haría crecer una hilera de limoneros desde el mar Negro hasta
Moscú plantándolos en climas sucesivamente más frios
y dejando que cada limonero se adaptara a este clima antes de plantar
sus descendientes un poco más al Norte.
Usando su influencia política, Lísenko lisió las
ciencias biológicas soviéticas durante medio siglo por el
simple procedimiento de enviar a sus competidores al Gulag y declarar
fuera de la ley las enseñanzas de la genética moderna. El
asunto Lísenko sigue siendo uno de los episodios más negros
de la historia de la ciencia.
El creacionismo es la doctrina según la cual la Tierra fue creada
hace unos pocos miles de años a través de un acto divino.
El creacionismo, o «ciencia de la creación», ha gozado
de un modesto resurgimiento en los Estados Unidos. Es la doctrina de que
la Tierra fue creada hace unos pocos miles de años, más
o menos como se describe en el Génesis. Sostiene que todos los
sistemas vivos fueron creados especialmente en su forma actual, y que
no se han producido cambios desde la creación en sí. En
general, se asocia el creacionismo con las iglesias protestantes conservadoras
de Norteamérica, y tiene poco apoyo tanto de las corrientes principales
de la ciencia como de las corrientes principales de la teología.
La ciencia de la creación no actúa como una ciencia. Los
creacionistas han intentado argumentar que sus puntos de vista deberian
tener igual peso en las escuelas públicas que las enseñanzas
de la teoría aceptada de la evolución, puesto que representan
una «ciencia» alternativa. Afortunadamente, los tribunales
han sostenido que esta táctica es simplemente una forma oblicua
de introducir enseñanzas religiosas en lasescuelas públicas.
Desde un punto de vista científico, el problema con el creacionismo
es que no resulta posible demostrar que es erróneo. No importa
las pruebas que uno consiga hallar, la respuesta es siempre: «Bueno,
así es como fueron hechas las cosas.»
Por ejemplo, una argumentación común contra los creacionistas
es que podemos ver estrellas que se hallan a miles de millones de años
luz de distancia, de modo que su luz tiene que haber estado viajando hacia
nosotros durante miles de millones de años; en consecuencia, la
Tierra no puede haber sido creada hace seis mil años. La respuesta
de los creacionistas a esto es lo que llaman la doctrina de la antigüedad
creada. En esencia, argumentan que la luz fue creada en su camino hacia
aquí con el mismo aspecto que tendría si reflejara cosas
de miles de millones de años de antigüedad. Tengo que admitir
que considero la perspectiva de Dios como el bromista pesado definitivo
algo difícil de tragar.
La evolución no viola la segunda ley de la termodinámica.
Como físico, hay una argumentación de los creacionistas
que realmente me produce dentera. Es la que dice que la evolución
requiere que la vida vaya de lo simple a lo complejo, mientras que la
segunda ley de la termodinámica dice que los sistemas se mueven
hacia un estado de máximo desorden, y que, debido a esto, la evolución
viola las leyes de la fisica.
El problema con la argumentación es que la segunda ley se refiere
sólo a sistemas aislados. La Tierra no es uno de esos sistemas
porque está recibiendo constantemente energía del Sol. Para
ver por qué es importante este detalle, podemos pensar en una actividad
común: hacer cubitos de hielo en un congelador. Cuando hacemos
un cubito de hielo, creamos un sistema de orden superior (el hielo) a
partir de un sistema de orden inferior (el agua) usando energía
de la compañía eléctrica local. El incremento de
orden en el cubito de hielo queda equilibrado por el desorden mayor en
la planta generadora, donde el carbón calienta la atmósfera
al arder. Mientras los libros, en su conjunto, cuadren, no hay ninguna
violación de las leyes de la física.
La misma argumentación funciona para los sistemas vivos sobre la
Tierra. El incremento del orden en la biosfera se ve equilibrado por el
crecimiento del desorden en nuestra «planta de energía»,
el Sol.
Después de todo, si la argumentación creacionista fuera
cierta y resultara imposible para ningún sistema volverse más
desordenado, ¡nunca podríamos hacer cubitos de hielo para
enfriar nuestras bebidas!
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